Gabriel Montenegro apenas podía respirar.
Las lágrimas corrían por su rostro.
Frente a él estaban sus hijas, Emma y Sofía.
Gabriel miró de nuevo el brazo de Emma.
El hematoma era grande.
Entonces hizo la pregunta que más temía.
—¿Quién te hizo eso?
Emma guardó silencio
La niña bajó la mirada.
Además, abrazó con más fuerza a su hermana.
Gabriel sintió miedo.
Sin embargo, no quiso presionarla.
Por eso se arrodilló frente a las dos.
—No tienen que tener miedo de mí.
Sofía comenzó a llorar.
—Papá, no nos dejes otra vez.
Aquellas palabras destrozaron a Gabriel.
La mujer del vestido verde soltó el bate
Victoria Salcedo seguía cerca.
Hasta ese momento, Gabriel apenas había pensado en ella.
Sin embargo, ahora recordó cómo había entrado.
Victoria parecía dispuesta a enfrentarse con cualquiera.
El bate cayó sobre la alfombra.
—Ahora sabes por qué vine —dijo ella.
Gabriel levantó la cabeza.
—Explícame qué ocurrió.
Victoria negó.
—Ellas tienen que hablar primero.
Gabriel llamó a un médico
No quería sacar conclusiones.
Primero necesitaba comprobar que Emma estuviera bien.
Por eso llamó al médico de la familia.
También pidió que nadie abandonara la mansión.
Poco después llegó la doctora Laura Méndez.
Laura examinó a Emma con cuidado.
Por fortuna, podía mover el brazo.
Sin embargo, el golpe debía revisarse.
Además, las niñas estaban muy alteradas.
Había algo más grave que el hematoma
Laura habló con Gabriel en privado.
—No las interrogues.
Gabriel asintió.
—Necesito saber qué pasó.
—Y lo sabrás. Pero ellas necesitan sentirse seguras primero.
Gabriel miró hacia la sala.
Emma seguía abrazando a Sofía.
Entonces comprendió que Laura tenía razón.
Victoria contó por qué había llegado
Horas antes, Emma había conseguido un teléfono.
Después llamó a Victoria.
Victoria era hermana de la madre fallecida de las niñas.
También era su madrina.
—Solo dijo una frase —explicó Victoria.
Gabriel esperó.
—Me dijo: “Tía, ven por nosotras”.
Gabriel cerró los ojos.
Emma había intentado pedir ayuda
Victoria llamó varias veces a la mansión.
Nadie respondió.
Por eso condujo hasta allí.
Cuando entró, encontró a las niñas llorando.
Además, vio el brazo de Emma.
Entonces perdió el control.
Gabriel señaló el bate.
—¿Y eso?
Victoria suspiró.
—Estaba en mi automóvil. No debí entrar con él.
Gabriel necesitaba saber quién estaba con sus hijas
La respuesta era sencilla.
Claudia Ferrer.
Gabriel la había contratado semanas antes.
Tenía buenas referencias.
Además, siempre parecía amable cuando él estaba presente.
Por eso confiaba en ella.
Ahora esa confianza comenzaba a desmoronarse.
Emma finalmente quiso hablar
Gabriel se sentó a cierta distancia.
No quería intimidarla.
—Puedes contarme solo lo que quieras.
Emma respiró profundamente.
—Claudia se enojaba cuando preguntábamos por ti.
Gabriel sintió un nudo en la garganta.
—¿Qué hacía?
Emma miró a Sofía.
—Nos castigaba.
Sofía completó la respuesta
—Cerraba la puerta.
Gabriel quedó inmóvil.
—¿Qué puerta?
La niña señaló hacia el pasillo.
—La del cuarto de juegos.
Gabriel se puso de pie.
Sin embargo, Laura lo detuvo.
—Despacio.
Gabriel respiró.
La mansión tenía cámaras
Entonces recordó algo importante.
Varias zonas comunes tenían vigilancia.
Las habitaciones privadas no.
Sin embargo, los pasillos sí.
También había una cámara frente al cuarto de juegos.
Gabriel llamó al jefe de seguridad.
—Necesito las grabaciones.
Después añadió algo.
—Y guarda los archivos originales.
La primera grabación fue inquietante
Gabriel, Victoria y el jefe de seguridad observaron la pantalla.
Emma y Sofía aparecían entrando al cuarto.
Claudia estaba detrás.
Segundos después, ella salía.
Luego cerraba la puerta.
Finalmente guardaba una llave.
Gabriel dejó de respirar por un instante.
Las niñas habían dicho la verdad
Otra grabación mostró a Emma intentando abrir la puerta.
No podía.
Sofía estaba detrás de ella.
Aunque no había audio, parecía estar llorando.
Claudia regresó varios minutos después.
Abrió la puerta.
Entonces señaló a las niñas con evidente enojo.
Gabriel quiso apagar la pantalla
Victoria lo detuvo.
—Tenemos que seguir.
Gabriel negó.
—No sé si puedo.
—Ellas tuvieron que vivirlo.
Aquella frase fue suficiente.
Gabriel continuó mirando.
Después apareció el momento del hematoma
La grabación mostró a las niñas en el pasillo.
Sofía corría delante.
Emma simplemente desbasta.
Entonces Claudia apareció al fondo.
Las pequeñas aceleraron.
Emma intentó alcanzar a su hermana.
En ese momento perdió el equilibrio.
Su brazo golpeó con fuerza contra una baranda.
Gabriel entendió lo ocurrido
Claudia no había provocado directamente aquel golpe.
Emma se había lastimado al caer.
Sin embargo, quedaba una pregunta.
¿Por qué las niñas huían?
Gabriel volvió con ellas.
Esta vez no mencionó la grabación.
Esperó.
Emma explicó el miedo
—Nos dijo que te ibas a cansar de nosotras.
Gabriel palideció.
—¿Qué?
—Decía que si nos portábamos mal, nos mandarías lejos.
Sofía comenzó a llorar.
—Yo no quiero irme.
Gabriel se acercó lentamente.
—No van a ninguna parte.
Pero no quiso hacer promesas imposibles
Gabriel sabía que debía recuperar su confianza.
No bastaba con decir que todo estaría bien.
Por eso cambió sus palabras.
—Voy a escucharlas.
Emma levantó la mirada.
—¿Aunque Claudia diga que mentimos?
Gabriel sintió otro golpe emocional.
—Aunque cualquier adulto diga lo contrario.
Claudia regresó a la mansión
No sabía que las grabaciones habían sido revisadas.
Al entrar, encontró a Gabriel esperándola.
Victoria también estaba allí.
Sin embargo, esta vez no había ningún bate.
Gabriel mantuvo la calma.
—Necesito preguntarte algo.
Claudia dejó su bolso.
—Claro.
Gabriel fue directo
—¿Encerrabas a mis hijas?
Claudia abrió los ojos.
—¿Quién dijo eso?
—Responde.
Ella guardó silencio.
Después intentó explicarse.
—Era por seguridad.
La explicación sorprendió a Gabriel
Claudia dijo que las niñas no obedecían.
Según ella, intentaban salir constantemente.
Por eso cerraba la puerta durante algunos minutos.
Gabriel preguntó:
—¿Por qué no me informaste?
Claudia no respondió.
Gabriel hizo otra pregunta
—¿Les dijiste que yo las mandaría lejos?
Claudia negó.
—Jamás.
Victoria quiso intervenir.
Gabriel levantó una mano.
—No.
Esta vez quería hacer las cosas correctamente.
Las grabaciones debían hablar
También había que escuchar a las niñas.
Por eso Gabriel terminó la conversación.
Claudia dejó de trabajar en la casa.
Además, el caso fue puesto en manos de profesionales.
Gabriel entregó las grabaciones.