Chapter 1 – El olor a pan viejo
Lily tenía cinco años.
Y sabía contar hasta diez con los dedos de una sola mano, repitiendo el pulgar.
Su hermano, Tommy, tenía dos.
Y solo sabía llorar, y reírse, y agarrarse de la trenza deshecha de Lily cuando tenía miedo.
Vivían en un cuarto con una ventana rota.
Un pedazo de cartón tapaba el hueco del vidrio, y cuando llovía, el cartón se hinchaba como una esponja.
Su mamá se llamaba Sara.
Y Sara, últimamente, dormía mucho.
Dormía de día.
Dormía cuando Tommy lloraba.
Dormía cuando Lily le tocaba el hombro con dos dedos, despacio, para no asustarla.
—Mamá.
Nada.
—Mamá, Tommy tiene hambre.
Nada.
Lily aprendió a abrir la alacena parándose de puntitas sobre una silla de plástico.
Adentro había una bolsa de pan.
Duro.
Con manchas verdes en una esquina que Lily arrancaba con la uña antes de partirlo en pedazos pequeños para Tommy.
El pan viejo tenía un olor particular.
Un olor a nada, casi.
Un olor que Lily, años después, reconocería en cualquier parte del mundo.
Su papá no vivía con ellos.
Lily casi no se acordaba de su cara.
Se acordaba de otras cosas.
De unas manos grandes que la alzaban hasta el techo.
De una voz que decía “arriba, arriba, arriba” cada vez más rápido.
De una chaqueta café que olía a menta y a cigarro.
—¿Dónde está papá? —le preguntó una vez a Sara.
Sara miró la pared.
—Se fue a trabajar muy lejos.
—¿Cuándo vuelve?
Sara no contestó.
Se quedó mirando la pared un rato más, como si la pared fuera a decir algo por ella.
Esa noche, Lily encontró una caja de zapatos debajo de la cama.
Dentro había papeles, una foto, y una tarjeta con un nombre escrito en letras grandes: DANIEL.
En la foto, un hombre joven sonreía con los brazos cruzados, parado frente a un edificio de vidrio.
Atrás del edificio se veía un letrero.
Lily no sabía leer bien, pero conocía las letras de su propio nombre, y en el letrero había una L, una I, una L.
Como si el edificio también se llamara, un poquito, como ella.
Guardó la foto en el bolsillo de su vestido azul.
El vestido tenía un botón de más, cosido torcido, porque Sara se lo había arreglado una noche que tampoco durmió.
Pasaron los días.
El pan se acabó.
La leche del refrigerador se acabó.
Sara ya no se levantaba ni para mirar la pared.
Una vecina golpeó la puerta.
—¿Sara? ¿Estás ahí?
Nadie contestó.
La vecina volvió a golpear, más fuerte, y después se fue a llamar a alguien por teléfono, hablando rápido, con la voz apretada.
Lily escuchó palabras que no entendía.
Escuchó la palabra “ambulancia”.
Escuchó la palabra “niños”.
Y entendió, con el estómago, aunque no con la cabeza, que algo se estaba por romper para siempre.
Esa tarde, mientras los adultos hablaban en el pasillo con las luces rojas y azules entrando por la ventana rota, Lily tomó a Tommy de la mano.
Agarró la foto del bolsillo.
Agarró dos panes duros que quedaban, envueltos en una bolsa de plástico.
Y salió por la puerta trasera, la que daba al callejón, la que nadie vigilaba.
—Vamos a buscar a papá —le dijo a Tommy.
Tommy no entendió las palabras.
Pero entendió la mano de su hermana, apretando fuerte la suya, y eso le bastó.
Caminaron toda la tarde.
Lily mostraba la foto a la gente en la calle.
—¿Conoce este edificio?
La mayoría no contestaba, o apuraba el paso, o miraba a los dos niños solos con una mezcla de lástima y apuro que no se convertía en ayuda.
Una señora que vendía flores en una esquina sí se detuvo.
Miró la foto.
Miró el letrero detrás del hombre de la foto.
—Eso es el centro. El edificio de las bodas grandes. Ahí se casa gente rica.
—¿Está lejos?
La señora midió con los ojos a los dos niños, el vestido sucio, los zapatos gastados.
—Está lejos para ustedes.
Pero les dio dos flores blancas de una caja que ya no iba a vender, marchitas en los bordes.
—Para que no vayan con las manos vacías —dijo, y no explicó a qué se refería.
Lily guardó una flor en el bolsillo, junto a la foto.
Le dio la otra a Tommy, que se la llevó directo a la boca antes de que ella pudiera evitarlo.
Caminaron hasta que se hizo de noche.
Durmieron en la entrada de una lavandería automática, entre el zumbido de las máquinas y el calor que salía por una rejilla del suelo.
Lily no durmió casi nada.
Se quedó mirando el techo, repitiendo en su cabeza el nombre del edificio que la señora de las flores le había dicho.
El centro.
Donde se casa la gente rica.
Donde estaba, tal vez, la única persona en el mundo que todavía podía alzarla hasta el techo.
Al amanecer, se levantó, sacudió el vestido, y despertó a Tommy con un beso en la frente, como hacía Sara cuando todavía se acordaba de hacerlo.
—Hoy llegamos —le dijo.
No sabía si era verdad.