LA MONEDA DEL SOLDADO

CAPÍTULO 1 — EL SONIDO EN EL MÁRMOL

La moneda cayó antes de que Elena pudiera detenerla.

Golpeó el piso de mármol del edificio administrativo militar con un sonido metálico limpio.

Una vez.

Dos veces.

Después giró sobre sí misma.

Elena Vargas se agachó de inmediato.

—Lo siento, mi general, yo no…

Había chocado accidentalmente contra uno de los oficiales que acompañaban a una delegación de alto rango.

El capitán Ramírez la miró con irritación.

—¿Está ciega, soldado?

Elena se puso rígida.

—No, mi capitán.

—Entonces mire por dónde—

“Espera.”

La voz vino del hombre que caminaba al centro del grupo.

General de División Arturo Salcedo.

Sesenta y ocho años.

Cabello gris casi blanco.

Décadas de servicio.

Una de las figuras más respetadas dentro de aquella estructura militar.

Salcedo no estaba mirando a Elena.

Estaba mirando el suelo.

La moneda había dejado de girar.

El general se agachó.

Ramírez dio un paso.

—Mi general, yo puedo—

Salcedo levantó una mano.

Nadie habló.

Tomó la moneda entre los dedos.

No era dinero.

Era una moneda conmemorativa militar.

Una de aquellas piezas que circulaban entre ciertas unidades como símbolo de pertenencia, memoria o reconocimiento.

Estaba desgastada.

En un lado había un emblema.

En el otro, una marca apenas visible.

Elena observó cómo el rostro del general perdía color.

—¿De dónde sacó esto?

Su voz ya no sonaba como la de un hombre acostumbrado a dar órdenes.

Sonaba más baja.

Más humana.

Elena tragó saliva.

—Era de mi padre, mi general.

Salcedo levantó lentamente la mirada.

—¿Cómo se llamaba?

Elena dudó.

—Sargento Daniel Vargas.

El general dejó de respirar por un instante.

Ramírez miró de uno a otro.

—¿Mi general?

Salcedo no respondió.

Volvió a mirar la moneda.

Sus dedos temblaban.

Elena nunca había visto temblar las manos de un general.

—Mi padre murió cuando yo tenía seis años —dijo ella.

Salcedo cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, había humedad en ellos.

Elena sintió un escalofrío.

—¿Usted lo conoció?

El general apretó la moneda.

Después dijo:

—Soy yo, Carter.

Elena no entendió.

—¿Perdón?

Pero Salcedo ya no parecía estar en aquel pasillo.

Por un segundo, parecía estar mirando algo ocurrido treinta años atrás.

CAPÍTULO 2 — EL NOMBRE QUE NO EXISTÍA

El general pidió que todos continuaran sin él.

Ramírez pareció sorprendido.

—Mi general, la reunión con la comisión comienza en diez minutos.

—Empiecen sin mí.

—Pero—

Salcedo lo miró.

—Es una orden.

Ramírez se retiró con el resto de oficiales.

Elena permaneció quieta.

—¿Estoy en problemas?

Salcedo miró la moneda.

—No.

—Mi capitán dijo que—

—Olvide al capitán.

Elena no podía.

Ramírez era su superior inmediato.

Pero asintió.

Salcedo señaló una sala lateral.

—¿Podemos hablar?

Ella entró.

La sala tenía una mesa, cuatro sillas y una ventana alta.

Salcedo cerró la puerta, pero la dejó sin seguro.

Se sentó frente a Elena.

Colocó la moneda entre ambos.

—¿Su padre alguna vez le habló de esto?

—No.

—¿Nunca mencionó un grupo? ¿Un operativo? ¿Un nombre?

—Mi padre murió cuando yo era niña.

—Lo sé.

Elena frunció el ceño.

—¿Cómo sabe cuándo murió?

El general quedó en silencio.

Ella sintió que el corazón se le aceleraba.

—Mi general.

Salcedo levantó la vista.

—Porque estuve allí.

Elena dejó de moverse.

—¿Dónde?

El general no respondió inmediatamente.

—En el último operativo de su padre.

Elena sintió presión en el pecho.

Durante toda su vida, la historia oficial había sido breve.

Accidente durante una operación.

Servicio activo.

Fallecimiento en cumplimiento del deber.

Eso era todo.

Su madre nunca quiso hablar del asunto.

—¿Usted estaba con él?

—Sí.

—¿Y “Carter”?

Salcedo miró la moneda.

—Era un nombre de llamada.

—¿De quién?

—Mío.

Elena soltó una risa nerviosa.

—Usted se llama Arturo Salcedo.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué Carter?

—Porque durante aquella operación ninguno de nosotros usaba nombres reales por radio.

Elena sintió que la habitación se hacía pequeña.

—¿Qué operación?

Salcedo se recostó.

—No puedo explicarle todo aquí.

—¿Por qué?

—Porque parte de los documentos estuvieron clasificados durante años.

—¿Estuvieron?

El general notó la palabra.

—Sí.

—¿Ya no?

Salcedo no respondió.

Elena miró la moneda.

—Mi padre guardó esto hasta que murió.

—No.

Ella levantó la mirada.

—¿Qué?

—No la guardó hasta que murió.

Elena sintió un golpe de frío.

Salcedo tomó la moneda.

—Daniel no tenía esta moneda cuando murió.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque la tenía yo.

La habitación quedó inmóvil.

Elena miró sus manos.

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé.

—Mi madre me dijo que estaba entre sus pertenencias.

—Entonces alguien se la entregó después.

—¿Quién?

Salcedo no respondió.

—¿Quién, mi general?

El hombre miró hacia la puerta.

Luego volvió a bajar la voz.

—Esa es exactamente la pregunta que llevo treinta años sin poder contestar.

CAPÍTULO 3 — DANIEL VARGAS

Elena salió de la sala una hora después.

No tenía respuestas.

Tenía demasiadas preguntas.

Salcedo había prometido revisar archivos.

Nada más.

—No hable de esto con nadie todavía —le había dicho.

Aquella frase le molestó.

—¿Es una orden?

El general la miró.

—No.

—Entonces hablaré con mi madre.

Salcedo asintió.

—Debería hacerlo.

Esa noche, Elena viajó a Ecatepec.

Su madre, Rosa Vargas, vivía todavía en la casa donde Elena había crecido.

Cuando abrió la puerta y vio el uniforme, sonrió.

—No me avisaste.

Elena la abrazó.

Entró.

Esperó hasta después de cenar.

Luego colocó la moneda sobre la mesa.

Rosa dejó caer la cuchara.

Elena lo vio.

—La reconoces.

Su madre no respondió.

—Mamá.

Rosa se sentó lentamente.

—¿Dónde la llevabas?

—En mi cartera.

—Te dije que no la llevaras al trabajo.

—Nunca me dijiste eso.

Rosa cerró los ojos.

—Tal vez pensé que sí.

—Hoy la vio un general.

Rosa levantó la mirada.

—¿Quién?

—Arturo Salcedo.

El rostro de Rosa cambió.

Elena sintió que algo se confirmaba.

—Lo conoces.

—No.

—Mamá.

—No lo conozco.

—Entonces sabes quién es.

Rosa se puso de pie.

—Elena, hay cosas que tu padre quiso dejar enterradas.

—Mi padre está muerto.

Rosa se quedó inmóvil.

Elena se arrepintió del tono, pero continuó.