PARTE 2: La Empleada Salva Al Bebé, Pero Acaba Siendo Señalada Injustamente

 

Adrián bajó la vista hacia el niño que sostenía y retrocedió un paso. Por primera vez desde que había salido al jardín, dejó de escuchar a Vera. El pequeño tosió contra la toalla blanca. Aquel sonido le devolvió una obligación inmediata, más urgente que cualquier explicación.

—Llama a una ambulancia —dijo.

Vera buscó su teléfono con una lentitud extraña. Clara, todavía de rodillas, sacó el suyo del bolsillo del delantal. La pantalla estaba negra. Intentó levantarse, pero el pie resbaló y tuvo que apoyar otra vez la palma en la piedra.

Adrián marcó el número de emergencias. Dio la dirección de la villa y explicó que un bebé había estado sumergido. Cuando le preguntaron si alguien más necesitaba asistencia, miró a la joven de uniforme azul marino.

—También hay una mujer que ha entrado a rescatarlo. Está consciente. Tiene mucho frío.

No dijo todavía que la había golpeado.

Desde la puerta de cristal llegó Mercedes, la encargada de la casa, que había oído los gritos mientras cerraba la cocina. No preguntó quién tenía la culpa. Cubrió los hombros de Clara con una manta y se agachó a su lado.

—Mírame. ¿Te duele al respirar?

Clara negó, aunque le castañeteaban los dientes. Sus ojos no se apartaban del bulto blanco entre los brazos de Adrián.

—Que lo revisen, aunque llore. Ha tragado agua.

—Ya vienen —respondió él.

Vera le tocó el codo. El satén verde seguía seco por encima de las rodillas; una salpicadura oscura marcaba el bajo. Sus pendientes dorados temblaron cuando inclinó la cabeza.

—Esa cámara lleva meses sin funcionar. No dejes que te confunda.

Mercedes alzó la mirada.

—La cambiaron el martes.

El silencio tuvo una consistencia incómoda. Vera retiró la mano del brazo de Adrián.

—Pues será otra. Yo qué sé.

Clara consiguió incorporarse con ayuda. No se acercó al padre. Cuando él dio un paso hacia ella, su cuerpo se encogió antes de que pudiera evitarlo. Adrián se detuvo. Esa reacción le explicó algo que su miedo por el niño había mantenido fuera de su conciencia: ella también le tenía miedo a él.

—Quiero ver la grabación —dijo Clara—. Y quiero que esté la policía.

Vera soltó una risa breve, impropia de su supuesto espanto.

—¿La policía? Adrián, piensa en el escándalo.

Él volvió a mirar a su hijo. Se llamaba Nicolás, aunque en casa todos lo llamaban Nico. Bajo la toalla, sus dedos se habían cerrado sobre la costura de la camisa gris. Aquella mano diminuta no sabía nada del prestigio de su padre.

Adrián pidió también presencia policial. Mientras hablaba, Vera abrió una conversación en el móvil. Mercedes vio sus pulgares moverse, pero no alcanzó a leer la pantalla.

Los sanitarios llegaron pocos minutos después. Clara señaló dónde había estado el cochecito y contestó preguntas concretas, sin adornar sus respuestas ni fingir una seguridad que no tenía. No sabía cuánto tiempo exacto había permanecido el bebé bajo el agua. Sabía que lo había sacado antes de que el cochecito tocara el fondo.

Cuando una sanitaria le preguntó por el enrojecimiento de la mejilla, Clara miró a Adrián.

—Me ha pegado él.

La mujer no discutió su respuesta. La anotó y le pidió permiso para examinarla. Adrián sintió que Vera buscaba su mirada, esperando que se defendiera. No lo hizo.

Nico debía ir al hospital. También recomendaron trasladar a Clara para comprobar su estado después del esfuerzo y la inmersión. Ella aceptó, pero pidió que Mercedes la acompañase. Adrián comprendió que ni siquiera podía ofrecerle la mano sin convertir su ayuda en otra invasión.

Antes de salir, entregó las llaves del despacho al primer agente que llegó y autorizó el acceso al sistema de seguridad. El equipo grabador estaba en un armario cerrado, separado del ordenador de uso diario.

—No borren nada —dijo Clara desde la camilla.

—Se conservará —respondió el agente.

Vera anunció que subiría a buscar una chaqueta. Una policía le pidió que permaneciera en el salón para tomarle declaración. Por primera vez, la mujer del vestido verde pareció verdaderamente asustada.

Adrián se sentó junto a su hijo en la ambulancia. Al cerrarse las puertas, vio a Clara a unos metros, envuelta en una manta, respondiendo a otra sanitaria. Quiso pronunciar su nombre. El vehículo arrancó antes de que encontrara una frase que no sonara a petición de consuelo.