A las dos de la tarde, un guardia de seguridad los vio parados frente a la vitrina de una pastelería, mirando los pasteles como si fueran joyas.

—Oigan, ¿dónde están sus papás?

Lily agarró más fuerte la mano de Tommy.

—Vamos a una boda —dijo, con la voz más firme que pudo encontrar.

El guardia se rió, no con maldad, sino con esa risa rápida de los adultos que no creen del todo lo que oyen.

—¿Ustedes? ¿A una boda?

—A la boda de mi papá.

Algo en la manera en que lo dijo —sin llorar, sin dudar— hizo que la risa del guardia se le cayera de la cara.

Se agachó a la altura de Lily.

—¿Y dónde está tu mamá, mijita?

Lily no contestó.

Miró el suelo.

Miró el zapato roto.

El guardia sacó su radio, y en ese momento Lily entendió que si se quedaba un segundo más, alguien la iba a llevar a un lugar que no era el edificio de la foto.

Un lugar con más adultos, más preguntas, más esperas.

Tiró de la mano de Tommy y corrieron.

No corrieron rápido —Tommy tenía las piernas cortas y Lily el zapato roto— pero corrieron lo suficiente para doblar la esquina antes de que el guardia terminara la frase en la radio.

Se escondieron detrás de unos contenedores de basura, respirando fuerte, hasta que el corazón dejó de sonarles en los oídos.

—Perdón —le susurró Lily a Tommy, aunque no sabía bien por qué se disculpaba.

Quizás por el susto.

Quizás por haberlo traído a este mundo de calles anchas y guardias con radios.

Siguieron caminando por callejones, evitando las calles principales.

El sol empezó a bajar.

Las sombras de los edificios se hicieron más largas, más frías.

Lily sacó de la bolsa de plástico el último pedazo de pan.

Lo partió en dos.

Le dio el pedazo más grande a Tommy.

—¿Cómo?

—¿Tú? —preguntó Tommy, con esa palabra rara y torcida que era casi la única que decía bien.

—Yo no tengo hambre —mintió Lily, y el estómago le sonó tan fuerte que Tommy se rió, sin entender por qué su hermana se ponía roja después de eso.

Cerca del atardecer, una mujer que limpiaba las vitrinas de una tienda de trajes los vio sentados en la entrada de un edificio, apoyados uno contra el otro.

Se acercó con un trapo todavía en la mano.

—¿Están perdidos?

Lily le mostró la foto, ya doblada en las esquinas, ya un poco borrosa por el sudor de su mano.

La mujer entrecerró los ojos, mirando el letrero detrás del hombre de la foto.

—Eso es el Salón Rosales. Ahí hacen las bodas grandes, las de revista. Está a seis cuadras, para allá.

Señaló con el trapo.

—Pero ya deben estar por cerrar el evento de hoy. Si van, vayan rápido.

Lily se levantó de un salto, jalando a Tommy con ella.

—Gracias.

La mujer los miró alejarse, con el trapo colgando de la mano, y algo en su cara se quedó pensando en ellos un rato más de lo normal, aunque no hizo nada más que eso: pensar.

Caminaron las seis cuadras casi corriendo.

El zapato roto de Lily terminó de romperse del todo en la cuarta cuadra, y ella siguió caminando con el pie descalzo, sintiendo el asfalto todavía caliente por el sol del día, sin decir nada, sin quejarse, porque quejarse no iba a arreglar el zapato ni acercarla más rápido a su papá.

Tommy, en algún momento, dejó de caminar por su cuenta.

Lily lo cargó los últimos metros, con los brazos temblando, con el vestido azul pegado a la espalda por el sudor.

Y entonces, doblando una esquina, lo vio.

Un edificio blanco, enorme, con las puertas de vidrio iluminadas por dentro con una luz cálida y dorada.

Y arriba de la puerta, en letras grandes, doradas también, el nombre que ya conocía de memoria:

SALÓN ROSALES.

Por las ventanas se veían flores blancas, muchísimas flores blancas, como si adentro hubiera nevado pétalos.

Se veían también siluetas de gente vestida elegante, copas de algo brillante en las manos, una música que llegaba amortiguada hasta la calle.

Lily se paró frente a la puerta, con Tommy dormido en sus brazos, con el pie descalzo lastimado, con el vestido sucio y el pelo enredado por el viento del camino.

Un guardia de esta puerta era mucho más grande que el de la pastelería.

—Esto es un evento privado, niña. No puedes entrar así.

Lily miró la puerta.

Miró las flores blancas.

Miró, por un segundo, sus propios pies descalzos y sucios contra el mármol brillante de la entrada.

Y entonces hizo lo único que sabía hacer cuando algo parecía imposible.

Respiró hondo, apretó a Tommy contra el pecho, y esperó a que el guardia se distrajera con otra pareja de invitados que llegaba en un auto largo y negro.

En cuanto la atención del guardia se movió, Lily se agachó, se deslizó entre las piernas de los invitados que entraban, y cruzó la puerta de vidrio hacia adentro, hacia la luz dorada, hacia la música, hacia el olor espeso y dulce de cientos de rosas blancas que la esperaban sin saber todavía que estaban a punto de ser testigos de algo que nadie en ese salón iba a olvidar.

Chapter 3 – El muro de rosas

Adentro, el Salón Rosales era otro planeta.

El piso era blanco, tan pulido que Lily podía ver su propia sombra debajo de sus pies, como un reflejo en un charco de leche.

Contra una pared entera, cientos de rosas blancas formaban un muro, del suelo al techo, y entre las rosas colgaban lucecitas pequeñas que titilaban como estrellas atrapadas.

Un candelabro enorme, de cristal, colgaba del techo, tirando destellos por todo el salón.

Lily nunca había visto tanta luz junta.

Se quedó pegada contra una columna, con Tommy despertándose en sus brazos, confundido por el ruido y la música.

—Shhh —le susurró—. Shhh, Tommy.