CAPÍTULO 5 — “BITA”
El día que Santiago encontró a su madre comiendo en el piso, entendió que la mujer con la que iba a casarse llevaba meses esperando que él no mirara demasiado de cerca. Lo que Fernanda no sabía era que una sola pregunta estaba a punto de convertir sus planes para después de la boda en la razón por la que esa boda jamás volvería a parecerle una promesa.
—¿Quién te obligó a comer ahí, mamá?
Doña Mercedes levantó los ojos desde el piso de la cocina.
No contestó.
Y ese silencio fue peor que cualquier nombre.
A sus 82 años estaba sentada sobre el mosaico frío, con el plato apoyado en las rodillas y una servilleta doblada sobre el suéter azul. Frente a ella había cinco sillas limpias alrededor de la mesa.
Cinco.
Ninguna mojada.
Ninguna manchada.
Ninguna inutilizable.
A unos metros, Fernanda sostenía frente al espejo el velo que pensaba usar en tres meses.
—Santiago, no hagas una escena.
Él dejó la bolsa de pan dulce en el suelo.
—No estoy haciendo una escena.
Miró otra vez a su madre.
—Estoy haciendo una pregunta.
Y todavía no sabía que la respuesta no empezaba esa tarde.
Empezaba meses atrás.
Capítulo 1 — La promesa frente a una tumba
Un año antes, cuando enterraron a don Ernesto en San Juan del Río, Santiago había sentido por primera vez que su madre se había vuelto pequeña.
No físicamente.
Doña Mercedes siempre había sido una mujer delgada, de pasos cortos y manos huesudas.
Pero mientras todos se despedían después del funeral, ella se quedó mirando la tierra recién removida como si alguien acabara de quitarle la mitad del idioma con el que había hablado toda su vida.
Santiago se acercó.
—Te vienes conmigo.
Ella negó de inmediato.
—Yo puedo estar sola.
—No te pregunté si puedes.
—Mijo…
—Te vienes conmigo.
Fernanda estaba junto a ellos.
Había llorado durante el entierro. Cuando escuchó la conversación, tomó la mano de Mercedes entre las suyas.
—La vamos a cuidar juntos.
Santiago nunca olvidó esa frase.
Durante semanas se aferró a ella como prueba de que estaba construyendo la familia correcta.
Llevaba años trabajando en construcción. Estaba acostumbrado a confiar en cosas que pudieran soportar peso: concreto bien preparado, acero bien colocado, cálculos revisados dos veces.
Con Fernanda había cometido un error distinto.
Había confundido una frase bonita con una estructura sólida.
Al principio, la convivencia pareció funcionar.
Mercedes ocupó un cuarto y llevó pocas cosas de la casa vieja: ropa, medicinas y algunos recuerdos. No quería invadir.
Fernanda insistía en que no pensara así.
—También es su casa.
Cuando Santiago estaba presente, le acercaba agua, le preguntaba si necesitaba algo y hasta le repetía que descansara.
Santiago veía esas escenas y sentía alivio.
Él salía temprano y regresaba tarde. La obra en Juriquilla absorbía días enteros. Había semanas en que entraba a la casa pensando únicamente en bañarse, cenar y dormir.
Fernanda se encargaba cada vez más del departamento.
También de la boda.
Faltaban meses, pero ya hablaba de invitados, vestido, flores y de cómo se vería todo después de casarse.
Fue entonces cuando comenzaron las frases pequeñas.
—Tu mamá dejó otra vez una taza en la sala.

O:
—Mercedes me preguntó tres veces lo mismo.
O:
—Hoy casi tira su medicina.
Nunca sonaban como acusaciones.
Sonaban como cansancio.
Y Santiago las aceptaba así.
—Tenle paciencia.
—Tengo paciencia —respondía Fernanda—. Muchísima.
Una noche, Mercedes intentó decir algo mientras él cenaba.
—Mijo, cuando te cases…
—¿Qué pasó?
Ella miró hacia el pasillo.
Fernanda estaba en el cuarto.
—Nada.
—¿Segura?
Mercedes sonrió.
—Sí. Nomás quería decirte que te ves contento.
Él le tomó la mano.
—Quiero que tú también estés tranquila.
La anciana bajó los ojos.
—Eso quiero.
Santiago no entendió que no había respondido lo mismo.
Después empezó a notar algo más.
Cuando él llegaba, Mercedes casi siempre estaba en su habitación.
—¿Por qué no ves la tele en la sala?
—Me da sueño.
—Antes te encantaban tus novelas.
—Aquí estoy bien.
Fernanda tenía una explicación.
—Se cansa más.
Otra tarde, Santiago encontró a su madre comiendo sola.
—¿Fernanda ya comió?
—Sí.
—¿Y tú?
Mercedes señaló el plato.
—Aquí estoy.
No parecía importante.
No entonces.
Había señales que solo adquieren significado cuando uno ya conoce el final de la mentira.
Y Santiago todavía confiaba.
Tres meses antes de la boda, una entrega de varilla se canceló en la obra.
Por primera vez en semanas pudo salir temprano.
Pensó en avisarle a Fernanda.
No lo hizo.
En cambio, se detuvo en la panadería favorita de su madre.
Compró conchas y campechanas.
Manejando de regreso imaginó su reacción.
—¿Ahora qué celebramos?
Mercedes siempre preguntaba eso cuando él llevaba pan dulce entre semana.
Santiago pensó que respondería:
—Que llegué temprano.
Entró con sus llaves.
Y la bolsa todavía estaba tibia cuando se le cayó de las manos.
Porque su madre no estaba viendo novelas.
Estaba en el piso.
Capítulo 2 — Cinco sillas vacías
El olor a mole recalentado se mezclaba con el cloro.
Mercedes estaba encorvada sobre el plato.
Fernanda, en bata blanca de satén, tenía el celular levantado frente al espejo y se acomodaba el velo sobre el cabello.
Durante unos segundos nadie habló.
Después Santiago preguntó:
—¿Qué está pasando aquí?
Fernanda se quitó el velo.
No parecía avergonzada.
Parecía molesta por la interrupción.
—Tu mamá tiró atole en una silla. Acabo de limpiar. Le dije que por hoy comiera ahí mientras se seca.
Santiago miró la mesa.
Una silla.
Luego otra.
Luego las demás.
Cinco sillas limpias.
Pasó la mano por el respaldo de la más cercana.
Sequía.
—¿En el piso?
Fernanda soltó aire.
—Ay, por favor. No exageres.
Mercedes intentó levantarse.
Le tembló una mano.
El plato se inclinó.
Santiago llegó antes de que cayera.
—Despacio.
Tomó el plato y ayudó a su madre a ponerse de pie.
Sintió sus hombros bajo el suéter.
Eran demasiado ligeros.
—Mijo, no hagas coraje.
Santiago se quedó inmóvil.
No era una petición extraña.
Era el tono.