CAPÍTULO 2

“Señora Fernanda, tenemos un problema.”

El gerente pronunció aquellas palabras con tanta calma que parecieron todavía más graves.

Fernanda lo miró como si él fuera otro empleado al que pudiera ordenar.

“¿Qué problema?”

“Los servicios adicionales vinculados a la cuenta de la señora Benítez han sido suspendidos.”

El padre de Fernanda dio un paso al frente.

“Esta recepción está pagada.”

“Una parte.”

La seguridad desapareció de su rostro.

Desde la puerta del baño podía verlos.

Todavía sentía la mejilla caliente.

Pero algo dentro de mí ya se había enfriado por completo.

Fernanda levantó la voz.

“No pueden apagar una boda a la mitad.”

El gerente no reaccionó.

“La señora Benítez es la titular de los contratos principales y ejerció una cláusula expresamente establecida en ellos.”

“Pues reactive todo.”

“No puedo.”

“Yo soy la novia.”

“Y ella es la responsable contractual.”

Fue la primera vez que alguien aquella noche utilizó exactamente las palabras correctas.

Salí del pasillo.

Alejandro me vio primero.

“Mamá.”

No respondí.

Fernanda me señaló.

“Dile que reactive la barra.”

“Teresa”, intervino su madre, “esto ya fue demasiado lejos.”

Miré mi reflejo en el cristal de una puerta.

La marca de la bofetada seguía ahí.

“No fui yo quien decidió hasta dónde llevarlo.”

El gerente se acercó.

“Señora Benítez, necesito hablar con usted.”

Fernanda inmediatamente se puso entre nosotros.

“No hay nada que hablar.”

Él la miró.

“Sí lo hay.”

Sacó una carpeta gris.

“Tenemos solicitudes de cargos adicionales que necesito confirmar con la titular.”

Fernanda dejó de moverse.

Aquello me llamó la atención.

“¿Qué cargos?”

El gerente abrió la carpeta.

“La extensión de la barra.”

“Cancelado.”

“Treinta habitaciones adicionales.”

Fruncí el ceño.

“¿Habitaciones?”

Fernanda habló demasiado rápido.

“Eran para familiares.”

“Nadie me preguntó.”

El gerente continuó.

“Servicio nocturno para setenta personas.”

“No.”

“Dos camionetas ejecutivas para mañana.”

“No.”

“Un brunch privado.”

“No.”

Fernanda se acercó.

“Todo eso ya estaba hablado.”

La miré.

“Contigo.”

No respondió.

El gerente pasó otra página.

“El total adicional asciende a ciento noventa y ocho mil cuatrocientos pesos.”

Alejandro levantó la cabeza.

“¿Ciento noventa y ocho mil?”

Fernanda lo miró.

“Son gastos de la boda.”

“Yo no sabía nada.”

“Porque estabas ocupado.”

Mi hijo la contempló durante varios segundos.

Hasta entonces, cada vez que ella decía que estaba bajo presión, él dejaba de hacer preguntas.

Esta vez no.

“¿Quién autorizó todo eso?”

El gerente miró el documento.

“La solicitud llegó firmada por Teresa Benítez.”

Sentí un escalofrío.

“Yo no firmé nada.”

Nadie dijo una palabra.

El gerente giró la hoja.

Mi nombre estaba escrito en la parte inferior.

La firma se parecía a la mía.

Pero no lo suficiente.

“Eso no es mío.”

Fernanda palideció.

Su madre intervino.

“Seguramente firmaste tantas cosas que ya no lo recuerdas.”

La miré directamente.

“Yo sé cómo firmo.”

Alejandro tomó la hoja.

“Mamá, ¿estás segura?”

“Completamente.”

El padre de Fernanda chasqueó la lengua.

“Esto se puede resolver mañana.”

“No”, dije.

“Se resuelve ahora.”

El gerente sacó otra página.

“Hay un segundo asunto.”

Noté que Fernanda apretaba los dedos contra su vestido.

“Cualquier saldo reembolsable de los servicios de mañana debía enviarse a una cuenta diferente.”

“¿Qué cuenta?”

El gerente leyó el nombre.

Era una empresa.

No la reconocí.

Alejandro tampoco.

Pero el padre de Fernanda sí.

Lo vi en sus ojos.

“¿Conoce esa empresa?” pregunté.

“No.”

Fue demasiado rápido.

El gerente consultó su tableta.

“Según nuestros registros, la cuenta fue proporcionada por usted.”

Todos lo miramos.

El padre de Fernanda endureció la mandíbula.

“Eso no significa nada.”

“Significa que quería que mi dinero terminara en una cuenta que usted proporcionó.”

“Era para recuperar algunos gastos.”

“¿Qué gastos?”

No contestó.

El gerente revisó la relación de pagos.

“Todos los depósitos principales fueron realizados con la tarjeta de la señora Benítez.”

Miré al padre de Fernanda.

“¿Qué dinero exactamente tenía que recuperar?”

Por primera vez pareció no encontrar respuesta.

Fernanda empezó a llorar.

“¡No pueden hacerme esto hoy!”

Yo casi sonreí.

“¿Hacerte qué?”

“¡Humillarme delante de todos!”

Toqué mi mejilla.

“Curiosa elección de palabra.”

Alejandro cerró los ojos.

El gerente volvió a mirar la carpeta.

“Señora Benítez, necesito confirmar algo más.”

“Adelante.”

“Con una de las solicitudes recibimos copia de su identificación oficial.”

Mi estómago se contrajo.

“¿Mi identificación?”

“Sí.”

“Yo jamás se la entregué a ustedes.”

“Nos llegó digitalmente.”

“¿De quién?”

El gerente dudó.

Fernanda miró a Alejandro.

Mi hijo la vio hacerlo.

“¿De quién?” repetí.

El gerente giró la tableta hacia nosotros.

“El archivo fue enviado desde la dirección de correo electrónico de su hijo.”

Todas las miradas se volvieron hacia Alejandro.

Y mientras él contemplaba su propio correo en aquella pantalla, comprendí que la bofetada quizá había sido la parte menos dolorosa de aquella noche.

CAPÍTULO 3

“Sí, yo envié la identificación.”

Alejandro no intentó negarlo.

Eso casi empeoró las cosas.

“¿Por qué?”

Mi voz salió baja.

“Fernanda me dijo que hacía falta para terminar unos documentos.”

“¿Qué documentos?”

“No lo sabía.”

Lo miré durante varios segundos.

“¿Y aun así entraste a mis archivos?”

“No.”

Negó rápidamente.

“Tenía una foto que me habías mandado meses antes para un trámite.”

Recordé entonces una gestión bancaria que me había pedido ayudarle a resolver.

Le había enviado la imagen.

Confiaba en mi hijo.

Aquella confianza había viajado de su teléfono al de Fernanda.

Y de ahí quién sabía a cuántos lugares más.

Fernanda se limpió las lágrimas.

“Era para agilizar las cosas.”

“Falsifica mi firma.”

“Yo no hice esa firma.”

“Entonces dime quién.”

Miró a su padre.

Él apartó los ojos.

Alejandro lo vio.

“¿Usted?”

“No seas ridículo.”

“¿Quién firmó por mi mamá?”

El hombre se acercó a su hija.

“Nos vamos.”

Fernanda no se movió.

“Papá.”

“Ahora.”

El gerente levantó una mano.

“Antes necesito devolver unos documentos.”

“No tiene nada nuestro.”

“Sí tengo.”

Sacó tres facturas.

“La señora Benítez solicitó revisar todos los cargos.”

El padre de Fernanda se detuvo.

El gerente puso las hojas frente a mí.

Una correspondía al transporte de lujo.

Otra a ciertos arreglos florales.

La tercera a parte del servicio de bebidas.