Niemand bewegte sich.

Das einzige Geräusch im Frühstückszimmer kam von Lucy, die versuchte, an Vittorios Schulter wieder zu Atem zu kommen.

Marcus lag unter dem zerbrochenen Kartenregal, eine Hand an den Mund gedrückt.

Bianca setzte sich neben den umgestürzten Hocker.

Das Selbstvertrauen war nicht ganz aus seinem Gesicht verschwunden.

Das interessierte Vittorio.

Eine verängstigte Frau hätte sich entschuldigt.

Nur die Observaba sind weiß.

Berechnend.

Vittorio reichte Lucy vorsichtig an Emma weiter.

“Bring es nach oben.”

Lucys Finger krallten sich fester um ihren Revers.

“Nein.”

Seine Stimme klang leise.

Vittorio blickte nach unten.

“Willst du, dass Papa bei dir ist?”

Sie nickte.

Für einen Moment hörte alles andere im Raum auf zu zählen.

Er trug es selbst.

Bevor er ging, sah er die Leibwächter an.

“Niemand fasst Marcus oder Bianca an.”

Marcus verzog ein blutiges Lächeln.

“Denkst du endlich nach?”

Vittorios Blick fiel auf ihn.

“Nein.”

Seine Stimme war fast sanft.

“Ich werde dafür sorgen, dass du noch hier bist, wenn ich zurückkomme.”

Marcus’ Lächeln verschwand.

Oben weigerte sich Lucy, ihr schmutziges Kleid auszuziehen, bis Emma Bianca versprach, den Raum nicht zu betreten.

Vittorio setzte sich auf den Boden, anstatt sich ihr aufzudrängen.

“Hast du das schon mal gemacht?”

Lucy miró a Emma.

Emmas Atem stockte.

Diese kleine Reaktion reichte aus.

Vittorios Kopf drehte sich langsam.

Emma blickte nach unten.

“Sir…”

“Wie lange?”

Seine Finger krallten sich fester um das Smartphone.

“Drei Wochen.”

Vittorio blinzelte nicht.

Lucy flüsterte:

“Weil ich schlechte Dinge sage.”

“Welche schlimmen Dinge?”

Lucy presste die Lippen zusammen.

Emma hockte sich neben ihn.

“Du musst nichts sagen, was du nicht sagen willst.”

Der Junge blickte auf den Boden.

Dann:

“Blaue Tür.”

Vittorios Brust stand still.

Es gab nur eine blaue Tür im Romano-Anwesen.

Elenas ehemaliges Privatbüro.

Lucys Mutter war achtzehn Monate zuvor gestorben.

Seitdem war der Raum verschlossen.

Vittorio behielt den Schlüssel.

Niemand betrat den Raum.

Nicht einmal er.

“Und die blaue Tür?”

Lucy blickte den Flur entlang, bevor sie antwortete.

“Ich habe gesehen, wie Onkel Marcus herauskam.”

Vittorios Daumen hörte auf seinem Siegelring auf.

Emmas Augen füllten sich mit Angst.

Dann entsperrte er das Handy erneut.

“Es gibt mehr zu dem Video.”

Er sprang zurück.

Biancas Stimme ertönte über den Lautsprecher.

Jetzt macht er sich nicht mehr über mich lustig.

Kalt.

“Sag deinem Vater, dass du über die blaue Tür gelogen hast, und du kannst essen.”

Der Raum wurde still.

Lucy wurde nicht bestraft, weil sie sich schlecht benommen hat.

Sie war hungrig und gedemütigt gewesen, weil jemand ein dreijähriges Mädchen brauchte, um ihre Geschichte zu ändern.

Und am Ende der Aufnahme war Marcus’ Stimme hinter der Kamera zu hören.

“Mach weiter, bis sie es sagt.”

Vittorio ging allein zu Boden.

Marcus hatte sich aus dem zerbrochenen Stand befreit.

Bianca stand jetzt auf.

Keiner von ihnen schien noch wehrlos.

Das war besser.

Vittorio bevorzugte es, wenn Feinde aufhörten, so zu tun.

Er legte Emmas Handy auf den Esstisch und spielte den letzten Satz ab.

“Mach weiter, bis sie es sagt.”

Marcus’ Kiefer bewegte sich einmal.

Biancas Atmung verlangsamte sich absichtlich.

Vittorio beobachtete beides.

“¿Quién de vosotros quiere mentir primero?”

Bianca levantó la barbilla.

“Lucy malinterpretó lo que vio.”

“Vio a Marcus salir del despacho de Elena.”

“Un niño vio una puerta.”

Marcus se limpió la sangre del labio.

“¿De eso va esto?”

Vittorio se volvió hacia él.

Marcus volvió a sonreír.

La arrogancia había vuelto.

“Tu hija ve fantasmas porque nadie en esta casa ha permitido que su madre muera.”

El silencio que siguió fue peligroso.

Bianca lo sabía.

Sus dedos se cerraron alrededor del respaldo de una silla.

Vittorio no tocó a Marcus.

Eso le perturbaba más.

“¿Por qué estabas dentro del despacho de Elena?”

“No lo estaba.”

Vittorio sacó el móvil.

Una llamada.

“Abre la habitación azul.”

La sonrisa de Marcus desapareció.

Bianca dio un paso adelante.

“No tienes que hacer esto delante de todos.”

Vittorio la miró.

“Te sentías cómodo poniendo a mi hija en el suelo delante de tu hermano.”

Bianca se detuvo.

Minutos después, el jefe de seguridad de la finca volvió a llamar.

El estudio azul mostró signos de entrada.

La cerradura estaba intacta.

Pero el polvo en el pestillo interior de la ventana había sido removido.

Alguien no había usado la puerta.

Habían entrado por la terraza.

Vittorio miró a Marcus.

Marcus no dijo nada.

Luego el jefe de seguridad añadió:

“Jefe, hay algo más.”

Vittorio puso la llamada en altavoz.

“El cajón del escritorio fue forzado.”

Su pulso se ralentizó.

“¿Qué había dentro?”

“No lo sabemos.”

Vittorio sí.

Elena había guardado un pequeño estuche de terciopelo verde en ese cajón.

Contenía grabaciones personales, cartas y la pequeña grabadora digital de voz que usaba siempre que la medicación para el dolor dificultaba la escritura.

Tras su muerte, Vittorio no pudo obligarse a escuchar.

Así que lo guardó todo.

“¿Está la caja verde ahí?”

Una pausa.

“No, señor.”

Marcus miró hacia Bianca.

Rápido.

Instintivo.

Vittorio lo atrapó.

Bianca pilló a Vittorio atrapándolo.

El equilibrio de la sala volvió a cambiar.

Entonces Emma habló desde la escalera.

“Vi ese caso.”

Todas las miradas giraron.

Emma estaba de pie sobre ellos, con una mano agarrando la barandilla.

Su voz temblaba.

“Marcus lo tenía.”

El rostro de Marcus se endureció.

Emma tragó saliva.

“Y Bianca le dijo que la quemara.”

Marcus fue el primero en moverse.

No hacia Vittorio.

Hacia Emma.

Tres guardaespaldas se interpusieron entre ellos antes de que llegara a la escalera.

Marcus se detuvo.

Se le dilataron las fosas nasales.

Por primera vez, la máscara segura se resquebrajó.

“Está mintiendo.”

Emma se estremeció.

Vittorio se dio cuenta.

Él se acercó despacio.

“¿Cuándo?”

“Hace dos semanas.”

“¿Por qué no me lo dijiste?”

Sus dedos se aferraron con fuerza a la barandilla.

“Lo intenté.”

Los ojos de Vittorio se entrecerraron.

continuó Emma.

“Le pregunté a Bianca si sabías que alguien había estado en el despacho de la señora Romano.”

Bianca se rió una vez.

Demasiado bruscamente.

Vittorio la miró.

La voz de Emma bajó.