Parte 2 Su Padre Descubrió Una Verdad Oculta Detrás Del Informe Médico
Lucinda palideció, pero el temblor de sus labios duró apenas un instante. Después alzó la barbilla, como si el silencio del salón pudiera doblegarse con la misma facilidad con la que había intentado doblegar a Ruby.
—No sabes lo que estás diciendo —murmuró—. El hospital pudo haber cometido un error con la fecha.
—La fecha no es lo único falso —dijo—. Tú imprimiste una firma.
Ruby se aferró a la chaqueta de su padre. La niña seguía con una rodilla en el suelo; la pierna lesionada le dolía y el miedo le impedía pedir ayuda. Salvatore guardó los documentos, la tomó en brazos y pidió que llamaran a su médico. Lucinda intentó acercarse, pero él retrocedió.
—No vuelvas a tocarla.
Beatriz, la gobernanta, fue la primera en reaccionar. Trajo una manta y acompañó a padre e hija a una sala contigua. Mientras Salvatore llamaba a la doctora Valdés, Ruby observó la puerta cerrada y preguntó en voz baja si Lucinda estaba enfadada con ella.
—Tú no hiciste nada malo —contestó él.
—Me dijo que, si seguía usando el aparato, nunca volverías a llevarme contigo. Dijo que te avergonzaba que todos me vieran así.
—Jamás me avergonzaría de ti —dijo, arrodillándose para quedar a su altura—. Me equivoqué al no escuchar mejor. No volverá a ocurrir.
La doctora Valdés confirmó por videollamada que nunca había autorizado retirar la férula. Advirtió que una caída podía retrasar la recuperación y pidió que llevaran a Ruby a la clínica. Salvatore ordenó preparar el coche. Cuando regresó al salón, Lucinda había recuperado la compostura y hablaba con dos invitados como si fuera víctima de una confusión.
—Vamos a resolver esto en privado —le dijo ella—. No destruyas nuestra vida por un papel.
—No fue un papel lo que cayó al suelo. Fue mi hija.
—Sólo quería que dejara de depender de esa cosa. Los niños exageran cuando se les permite hacerlo.
—Falsificaste un informe antes de su consulta.
—Porque sabía lo que diría la doctora. Ruby caminaba bien cuando nadie la observaba.
Desde el umbral, Ruby negó con la cabeza. Salvatore vio su gesto y comprendió que la mentira no había comenzado aquella tarde. Le pidió a Beatriz que acompañara a la niña al coche y llamó a Marco, el jefe de seguridad. Le ordenó impedir que alguien retirara documentos, teléfonos o computadoras del despacho de Lucinda hasta que llegaran las autoridades.
La seguridad abandonó entonces el rostro de Lucinda.
—¿Autoridades? ¿Vas a denunciarme?
—Has falsificado un documento médico y has puesto en peligro a una menor.
Ella le sujetó el brazo.
—Si haces eso, también saldrán a la luz cosas que no quieres que Ruby sepa.
—Pregunta por qué el informe estaba debajo de las tarjetas —añadió—. Pregunta quién le dijo dónde buscar.
En la clínica, las radiografías mostraron una inflamación nueva, aunque no había fractura. Ruby necesitaría reposo y varias semanas adicionales de rehabilitación. Mientras la enfermera ajustaba la férula, Salvatore recibió un mensaje de Marco: en el despacho de Lucinda faltaba una tableta electrónica, y la ventana que daba al jardín estaba abierta.
Ruby vio la preocupación en su rostro.
—Yo escondí el papel —confesó—. Lo encontré en la impresora ayer. Lucinda me vio y dijo que era el papel del doctor. Pero esta mañana una señora me llamó desde un número oculto. Me dijo que buscara debajo de las tarjetas, porque allí estaría la prueba.
—¿Reconociste su voz?
—No. Sonaba como si hablara a través de una caja.
Lucinda esperaba en la biblioteca. Sobre la mesa había dejado las llaves de la casa, pero no su teléfono.
—Me iré esta noche —anunció—. No porque sea culpable, sino porque no pienso vivir donde una niña puede inventar una acusación y todos la aceptan.
Ruby se escondió detrás de Salvatore. Él sintió que la pequeña mano apretaba la suya y contestó sin apartar los ojos de Lucinda:
—No te vas hasta que la policía termine de hablar contigo.
—Yo no he estado en tu oficina desde hace meses —dijo Lucinda, demasiado rápido.
Marco recibió otra llamada y se acercó a Salvatore. La tableta desaparecida acababa de conectarse a la red inalámbrica de una antigua casa de huéspedes, al otro lado de la propiedad. Dos guardias fueron enviados allí. Hallaron la puerta forzada, la tableta encendida sobre una silla y a nadie dentro. En la pantalla aparecía un correo preparado para enviarse a medianoche. El destinatario era un periodista financiero; los archivos adjuntos incluían el informe falso y varias transferencias que parecían demostrar que Salvatore había pagado a la clínica para prolongar innecesariamente el tratamiento de Ruby.
—Quieren convertirte en la víctima de su propio engaño —observó Esteban.
Lucinda fingió sorpresa, pero Ruby miraba sus zapatos. Salvatore se inclinó hacia ella.
—¿Qué ocurre?
—Esos zapatos tenían barro ayer —susurró la niña—. Lucinda dijo que había ido al invernadero, pero olían como la casita vieja.
Lucinda dio un paso hacia Ruby.
—¡Basta de mentiras!
Marco se interpuso. En ese momento llegaron dos agentes. Uno tomó declaración a los adultos; la otra, especializada en menores, habló con Ruby en presencia de Salvatore. La niña contó que Lucinda le quitaba la férula cuando él viajaba y la obligaba a caminar por los pasillos. Si se caía, debía levantarse sin llorar. También reveló que, una semana antes, había oído a Lucinda discutir por teléfono con un hombre llamado Darío.
Lucinda comprendió que ambos habían establecido la relación.
—Darío me llamó para pedir ayuda —admitió—. Nunca participé en sus negocios.
—Entonces no te molestará que revisen tu teléfono —dijo la agente.
Lucinda afirmó que lo había perdido durante la fiesta. Marco hizo sonar el número. Un timbre vibró dentro del piano de cola. Bajo la tapa encontraron el aparato, envuelto en una servilleta. La pantalla mostraba un mensaje recibido pocos minutos antes: «El correo está listo. Mantén a la niña callada hasta medianoche».
La agente pidió a Lucinda que la acompañara. Antes de cruzar la puerta, ella se volvió hacia Salvatore.