Cinco minutos después, Celeste Mercer entraba en el despacho. Sus manos estaban esposadas por delante. Aunque intentaba mantener la barbilla erguida, la palidez de su rostro y el temblor imperceptible de sus labios traicionaban la vorágine interna que la devoraba.

Jonathan permaneció de pie tras su escritorio, con los brazos cruzados. Vance y el Sheriff se colocaron a los lados, impecables e implacables.

—Déjenos a solas —pidió Celeste con voz ronca.

—Eso no va a ocurrir, Celeste —dijo Jonathan con frialdad—. Estás bajo custodia policial. Hablas ahora o hablas ante un juez. Elige.

Celeste dejó escapar una risa amarga, un sonido seco que no guardaba ninguna alegría.

—¿Un juez? ¿De verdad vas a destruir todo lo que construimos por una histeria paranoia provocada por el hijo de una sirvienta? ¡Jonathan, por el amor de Dios! Ese chico es un mentiroso. Ese teléfono… esa grabación está manipulada. La inteligencia artificial hace maravillas hoy en día. ¡Cualquiera puede clonar mi voz!

Jonathan no se inmutó. Extendió la mano y tomó la grabadora de voz profesional que Vance había traído.

—El análisis forense preliminar del archivo de audio en el teléfono de Caleb ya ha sido procesado por el equipo informático del Sheriff, Celeste. El patrón de onda, las frecuencias de fondo, el ruido del viento en el seto lateral… todo coincide exactamente con la entrada este de esta casa a las 8:05 de la mañana. No hay clonación. No hay manipulación. Es tu voz.

El rostro de Celeste pareció desmoronarse un poco más.

—¿Por qué? —preguntó Jonathan. La pregunta no tenía rabia; contenía algo peor: una decepción absoluta y definitiva—. Quince años, Celeste. Te di todo. Un hogar, libertad, una posición, mi confianza ciega. Te dejé manejar tus propios presupuestos, tus fundaciones, tu vida. ¿Por qué Old Mill Road?

Celeste apretó las manos esposadas hasta que sus nudillos se pusieron blancos. La máscara de esposa elegante cayó por completo, dejando ver la mueca de despecho y ambición retenida durante años.

—¿Tu confianza ciega? —esputó ella, dando un paso adelante que el Sheriff frenó al instante con un gesto persuasivo—. ¡Nunca me diste nada, Jonathan! Me diste una jaula de oro. Un papel secundario en la gran obra de ‘Jonathan Mercer, el magnate brillante’. ¿Sabes lo que era ser la ‘esposa de’? ¿Ver cómo manejabas cientos de millones mientras a mí me dabas una asignación anual como si fuera una niña pequeña que tiene que pedir permiso para comprarse un capricho?

—Te di el diez por ciento de la corporación en participaciones preferentes —dijo Jonathan con tono seco—. Te di una renta que supera lo que el noventa y nueve por ciento de este país gana en toda su vida.

—¡Sin derecho a voto! —gritó ella, y su voz resonó en las paredes de roble—. ¡Sin poder! Hoy ibas a firmar esa compra. Ibas a comprometer el futuro de la empresa por cinco años. ¡Cinco años más de estar a tu sombra, esperando a que te dignaras a incluirme en las decisiones reales!

—¿Y tu solución era matarme? —preguntó Jonathan, dando un paso hacia ella, mirándola fijamente a los ojos—. ¿Enviar a un desconocido a llevarme a un matadero abandonado para que ‘algunos hombres’ se encargaran de mí?

—Ellos no te iban a matar —dijo Celeste rápidamente, atropellándose con sus propias palabras—. Solo… solo iban a mantenerte incomunicado durante cuarenta y ocho horas. Las suficientes para que te dieran por desaparecido, la junta entrara en pánico y yo tomara el mando interino para cancelar la adquisición. ¡Eso era todo! ¡Un susto! ¡Una maniobra!

Jonathan la miró con una piedad helada.

—¿De verdad te crees tus propias mentiras, Celeste? ¿Crees que un grupo de hombres armados en una fábrica abandonada en Old Mill Road te devuelven a tu marido sano y salvo después de haberlo secuestrado? ¿Crees que el falso chófer iba a dejarte un cabo suelto para que lo chantajearas el resto de tu vida?

Celeste parpadeó. Por primera vez, una chispa de auténtica duda y terror cruzó su mirada.

—Él… él me prometió que solo era una retención…

—Te manipularon a ti también —dijo Vance con severidad desde el rincón—. ¿Quién sugirió el contacto de Old Mill Road, señora Mercer? ¿Quién le proporcionó al falso chófer? Porque un ama de casa de la alta sociedad no contrata mercenarios profesionales en la red oscura a las siete de la mañana sin un intermediario.

El rostro de Celeste se volvió completamente ceniciento.

—Víctor… —susurró ella, casi sin aliento.

Jonathan sintió cómo un chispazo de adrenalina pura recorría su espina dorsal.

—¿Víctor Vance? —preguntó Jonathan, mirando a su abogado, cuyo apellido era coincidentemente igual pero sin relación de parentesco—. ¿Víctor Ross? ¿El director financiero?

Celeste no respondió, pero su silencio fue la confirmación más atronadora de la estancia.

El Sheriff Miller reaccionó de inmediato. Sacó su radio de banda corta.

—Unidad dos, habla el Sheriff. Bloqueen las salidas del edificio corporativo Mercer en el centro. Detengan a Víctor Ross, director financiero. Repito: detención inmediata bajo sospecha de conspiración para secuestro y intento de homicidio.

—¡No! —gritó Celeste, dando un traspié hacia atrás—. ¡Víctor dijo que era la única forma! ¡Dijo que Jonathan estaba arruinando la compañía con la expansión! ¡Él me dijo que si no actuábamos hoy, mañana seríamos insolventes!

Jonathan soltó una carcajada amarga, carente por completo de alegría.