Chapter 2 – Tres Sillas en la Sala
Maisie se durmió a las ocho y cuarto.
Elena se quedó sentada en el borde de la cama hasta las ocho y media, aunque su horario ya había terminado dos veces esa noche.
Nadie le dijo que se fuera.
Cuando bajó, encontró tres sillas dispuestas en triángulo en la sala. Victor las había acomodado él mismo, apartando el sofá de cuero contra la pared, como si necesitara que nadie estuviera más cerca de nadie.
Serena ya estaba sentada. Piernas cruzadas. Una copa de vino sin tocar frente a ella, solo como utilería.
—Siéntate —dijo Victor.
No era una invitación. Era una instrucción.
Elena se sentó.
Victor sacó el pendiente del bolsillo y lo puso sobre la mesa baja de vidrio. La piedra atrapó la luz de la lámpara y la devolvió en un punto diminuto sobre el techo.
—Quiero la verdad. Ahora. No mañana. No después de pensarlo.
—Ya te dije la verdad —dijo Serena—. No sé de quién es eso.
—Serena.
—¿Qué?
—Llevamos cinco años casados. Sé cuándo mientes. Bajas la voz medio tono cuando mientes. Acabas de bajarla.
El silencio duró exactamente el tiempo que Serena tardó en decidir si negarlo de nuevo. Decidió que no.
—Es de mi hermana.
“¿Camila?”
—Sí.
—¿Por qué estaría el pendiente de tu hermana en el agua de la bañera de mi hija?
Serena tomó la copa. No bebió. Solo la sostuvo, como si necesitara algo para las manos.
—Vino la semana pasada. Le presté el baño de arriba porque el de abajo estaba en reparación. Debió caérsele.
—Maisie no usa el baño de arriba desde hace un mes. Le tienes miedo a esa escalera desde que resbaló en marzo.
Elena, que había estado callada, sintió algo moverse en el pecho. No triunfo. Algo más parecido al asco.
—Victor —dijo—, ¿puedo hablar?
—Adelante.
—Esto no empezó esta noche.
Serena la miró con un desprecio tan pulido que parecía cortesía.
—No empieces con eso otra vez.
—Hace dos años perdí la custodia de mi hija porque un informe psicológico dijo que yo era «emocionalmente inestable». Un informe que nunca vi antes de que llegara al juzgado. Firmado por un doctor que, cuando lo busqué después, no tenía número de colegiado válido en este estado.
—Eso ya se investigó. El doctor tenía licencia en otro estado. Fue un error administrativo.
—¿Un error que apareció justo tres semanas después de que tú empezaste a salir con mi esposo?
La habitación se quedó tan quieta que se escuchó el hielo asentarse en la hielera junto al bar, un crujido pequeño y nítido.
Victor no había escuchado esa parte antes. O la había escuchado y había decidido no sumarla.
—¿Es verdad eso? —le preguntó a Serena—. ¿La fecha?
—Las fechas coinciden porque las fechas coinciden. No porque yo hiciera nada.
—Nunca dije que la hiciste tú directamente —dijo Elena, con calma, la calma que se practica durante meses frente a un espejo cuando ya no queda energía para gritar—. Dije que alguien lo hizo. Y ahora hay un pendiente de tu hermana en el baño de mi hija, el mismo día que tú la tenías sujeta con fuerza suficiente para dejarle la manga marcada.
—Yo no le marqué nada.
—Súbele la manga.
Victor se puso de pie.
—Voy a ver a Maisie.
—Está dormida —dijo Serena, con un filo de urgencia que no logró disimular—. No la despiertes.
—No voy a despertarla.
Subió.
El cuarto de Maisie olía a lavanda, un difusor eléctrico zumbando bajo en una esquina. La niña dormía de costado, el oso de la oreja torcida apretado contra el pecho.
Victor se arrodilló junto a la cama y, con dos dedos, apartó con cuidado la manga del pijama.
Una marca. Roja, apenas visible, cuatro líneas paralelas donde los dedos habían apretado.
No era un moretón todavía. Podría no llegar a serlo.
Pero estaba ahí.
Se quedó mirándola un minuto entero.
Después bajó las escaleras con una expresión que ninguna de las dos mujeres supo leer.
—Tiene marcas en el brazo.
—Se resistía —dijo Serena, rápido, demasiado rápido—. Estaba nerviosa por el agua, siempre lo está, tuve que sujetarla para que no se resbalara.
—¿La sujetaste tan fuerte que le dejó marca por evitar que se resbalara?
—Victor, por favor. Estás dejando que ella —señaló a Elena sin mirarla— te meta ideas en la cabeza. Es lo que hace. Siempre lo hizo. Por eso perdió la custodia. Porque es manipuladora.
Elena no levantó la voz.
—Pregúntale a tu hermana dónde estuvo esta tarde a las cuatro.
—No metas a mi hermana en esto.
—Su pendiente estaba en el agua, Serena.
—¡Ya dije que fue hace una semana!
—Dijiste dos cosas distintas en cinco minutos. Primero dijiste que vino la semana pasada. Ahora dices que estuvo aquí «esta tarde a las cuatro» sin que nadie te lo preguntara.
Serena se quedó con la boca entreabierta.
Se dio cuenta del error medio segundo después que los otros dos.
Victor caminó hasta la ventana y se quedó mirando el jardín, oscuro, apenas iluminado por los faroles del camino de entrada.
—Mañana voy a llamar a Camila —dijo, sin girarse—. Y voy a llamar a mi abogado. Y voy a pedir que revisen otra vez ese informe psicológico, el del doctor sin licencia.
—Victor, eso fue hace dos años. Está cerrado.
—Nada está cerrado si mi hija tiene marcas en el brazo esta noche.
Se giró.
—Elena, puedes quedarte en el cuarto de huéspedes esta noche. No voy a dejarte manejar así, y no voy a dejar a Maisie sola en esta casa hasta que entienda exactamente qué pasó hoy.
Serena se levantó de golpe, la copa cayendo, el vino extendiéndose en una mancha oscura sobre la alfombra clara como una sombra que llegaba tarde a advertir algo.
—¿Vas a dejar que ella duerma bajo mi techo?
—Es mi techo también, Serena. Y en este momento, no confío en dejarte sola con mi hija.
Nadie dijo nada durante un largo rato.