La voz de Vance sonó distorsionada por la prisa, con el ruido de sirenas de fondo.

“Jonathan, Víctor Ross ha salido de la sede central. Evitó el control de seguridad privado bajando por el ascensor de servicio del área de carga.”

“¿En qué se mueve?”, preguntó el Sheriff Miller, abalanzándose sobre el altavoz.

“Se ha subido a un Mercedes gris, matrícula corporativa”, respondió Vance. “Nuestros guardias le vieron salir a toda velocidad por la salida trasera hacia la avenida comercial. Llevaba dos maletines pesados.”

El Sheriff reaccionó con la agilidad de un veterano. Se caló el sombrero y se giró hacia la puerta.

“Voy a emitir una alerta regional de búsqueda y captura”, dijo Miller. “Bloquearemos las salidas hacia el aeropuerto y las autopistas del estado.”

“No va a ir al aeropuerto, Sheriff”, dijo Jonathan, haciendo que el hombre se detuviera en el umbral.

Miller se giró. “¿Cómo lo sabes?”

Jonathan señaló el viejo teléfono agrietado que descansaba sobre la mesa.

“Porque aún no sabe que el plan ha fallado. Marcus Vance no ha podido enviar el mensaje de confirmación, pero la policía no ha hecho pública la detención de Celeste. Víctor no está huyendo del país todavía… Va a ir a Old Mill Road para averiguar por qué el coche no ha llegado.”

Acto III: El punto ciego

El camino hacia Old Mill Road era una franja de asfalto agrietado que se adentraba en un denso bosque de pinos y robles secos, a quince kilómetros al oeste de la finca Mercer.

La mañana se había vuelto gris; una capa de nubes bajas y espesas cubría el cielo, apagando el brillo de las primeras horas del día.

Jonathan iba en el asiento trasero de un todoterreno negro sin distintivos, conducido por Warren Fisk.

Detrás de ellos, dos patrullas del sheriff mantenían las luces apagadas y una distancia prudencial de quinientos metros para no alertar a cualquiera que estuviera vigilando el acceso.

“Señor Mercer, no debería estar aquí”, dijo Warren desde el espejo retrovisor. “El Sheriff Miller dejó claro que esto es una operación policial.”

“Si Ross está ahí, quiero estar presente cuando entiendan que el juego se ha terminado”, dijo Jonathan, mirando por la ventanilla el paso monótono de los árboles secos. “Además, conozco la estructura de esa vieja planta procesadora. Perteneció a mi familia hasta que la vendimos en los ochenta. Sé por dónde puede intentar escapar si ve llegar a la policía.“

El vehículo redujo la velocidad al acercarse a un cruce no asfaltado señalizado con un cartel de metal oxidado: Procesadora de Madera Miller & Co. – Propiedad Privada.

Warren apotó el coche en un arcén de tierra, bajo la sombra protectora de un pino caído.

“A partir de aquí es a pie”, dijo Warren, sacando una pistola semiautomática de su funda de axila y comprobando el cargador antes de guardarla de nuevo.

“Iré detrás de ti”, dijo Jonathan.

Descendieron del vehículo. El aire olía a pino húmero, tierra podrida y óxido viejo. A lo lejos, el rugido constante de la autopista distante era el único sonido que rompía el silencio de la zona industrial abandonada.

A doscientos metros por el sendero de tierra, la silueta de la vieja planta se elevaba como un esqueleto de hierro y chapa corroída. Los ventanales superiores estaban rotos, y la vegetación silvestre había invadido los antiguos muelles de carga.

Aparcado junto al edificio principal, parcialmente oculto bajo el voladizo del almacén número dos, estaba el Mercedes gris corporativo de Víctor Ross.

El motor del coche estaba apagado, pero el capó aún dejaba escapar un leve vaho de calor.

Jonathan y Warren se aproximaron manteniéndose pegados a la línea de los depósitos de agua abandonados.

Desde la posición elevada de una rampa de carga, pudieron ver el interior del primer pabellón a través de un portón de madera desencajado.

Dentro de la penumbra del almacén, dos hombres vestidos con chaquetones oscuros permanecían de pie cerca de un bidón metálico usado para quemar desperdicios. Uno de ellos llevaba una escopeta de caza recortada colgada del hombro.

A unos metros de ellos, caminando de un lado a otro con una agitación visible, estaba Víctor Ross.

El director financiero ya no lucía la compostura impecable de las reuniones de junta. Su corbata azul de seda estaba floja en el cuello, su chaqueta de marca estaba manchada de polvo en los codos, y sostenía un teléfono móvil contra su oreja con la mano izquierda, mientras con la derecha se pasaba los dedos por el cabello desordenado.

“¡Maldita sea, contesta!”, gritaba Ross, su voz resonando con un eco hueco en la nave vacía. “¿Dónde coño está Marcus?”

Uno de los hombres armados se giró hacia él, escupiendo al suelo.

“Te dijimos que no vinieras aquí, Ross. El acuerdo era que nosotros esperábamos al coche, hacíamos el trabajo y nos dabas el resto del pago en la estación de servicio de la ruta nueve.”

“¡El coche no ha llegado!”, exclamó Ross, dando un pisotón en el suelo de hormigón. “Eran las ocho y media. ¡Son más de las diez! Celeste no responde al teléfono. Marcus no responde. Si algo ha salido mal en la finca…”

“Si algo ha salido mal, tú nos has traído a la policía hasta aquí, pedazo de imbécil”, dijo el hombre de la escopeta, dando un paso amenazante hacia el financiero.

“Nadie me ha seguido”, dijo Ross, tratando de sostener la mirada del matón a pesar del temblor manifiesto de sus rodillas. “He venido por la ruta secundaria. Si Jonathan sigue vivo y ha descubierto el desfalco, estoy acabado. ¿Entendéis? ¡Estamos todos acabados!”

“Tú estás acabado”, corrigió el hombre armado. “Nosotros solo éramos la limpieza.”

Jonathan emergió de la sombra del portón antes de que Warren pudiera detenerlo.

“Tiene razón”, dijo la voz de Jonathan Mercer, resonando limpia, firme y despiadada en el almacén. “Ellos solo eran la limpieza. Tú eras el arquitecto, Víctor.”

La escena se congeló al instante.