PARTE 2
El agua helada golpeó la pesada tela de mi esmoquin alquilado, pero no sentí el frío. Lo único que llenaba mis oídos era el zumbido sordo de la incredulidad, mezclado con el golpeteo constante de la tormenta contra la cúpula de cristal del club de campo.
El hombre del paraguas no se movía. Su reverencia no era servil ni fingida; era el tipo de inclinación precisa y repetida que los hombres de inmenso poder reservan únicamente para alguien que se encuentra por encima de cualquier jerarquía imaginable.
—Señor Henderson —repitió el desconocido, con una voz profunda que atravesaba la cortina de lluvia con una claridad helada—. El consejo de administración lleva cuarenta minutos en una línea segura. El vuelo transatlántico a Ginebra está repostando en la pista privada de Hanscom Field y los auditores forenses acaban de publicar el informe final sobre la cartera de préstamos de Nueva Inglaterra.
Me quedé completamente inmóvil, mirando a mi padre.
Arthur —pues ese era el nombre bordado en el puño de la camisa del hombre del paraguas— permaneció impasible, mientras el agua resbalaba por los bordes de su impermeable, sin que ni un solo milímetro de sus zapatos se moviera del suelo frente a las gastadas botas de mi padre.
Las botas de cuero agrietado. Las mismas que mi padre lustraba todos los domingos sobre una hoja de periódico en nuestra cocina de suelo de linóleo agrietado.
Detrás de nosotros, el sonido de las dos puertas de cristal al abrirse rompió el hechizo.
George Martinez salió al porche, apartando a dos camareros que intentaban proteger las bandejas de canapés con unos paños. Su corbata de seda italiana estaba torcida. El rostro, antes congestionado por una risa triunfal, se había transformado en una máscara de cal viva. Sus ojos inyectados en sangre estaban clavados en la procesión de vehículos negros que bloqueaban la entrada principal.
Eran cinco sedanes Mercedes-Maybach fuertemente blindados, flanqueados por dos camionetas Suburban oscuras con dos antenas satelitales en el techo. En las matrículas diplomáticas y corporativas figuraba un emblema discreto: una brújula de acero entrelazada con un engranaje de trigo dorado.
La marca inconfundible del Consorcio Apex-Vanguard.
—¿Qué…? ¿Qué es esto? —balbuceó George mientras bajaba los primeros escalones, sin importarle que el aguacero estuviera arruinando sus mocasines de tres mil dólares—. ¡Esto es una propiedad privada! ¡Tengo a la mitad del Senado estatal y a los tres mayores fondos de capital riesgo de Boston cenando ahí dentro! ¡No pueden bloquear la entrada con esos vehículos!
Arthur ni siquiera se dignó a girar la cabeza. Se limitó a levantar la mano izquierda, cubierta por un guante de piel de ciervo, y chasqueó los dedos con un sonido seco.
De la primera Suburban salieron dos hombres corpulentos, equipados con auriculares tácticos y gabardinas oscuras. No desenfundaron sus armas ni gritaron. Simplemente se situaron al pie de las escaleras con una postura que dejaba claro que cualquier paso adicional terminaría con alguien contra el mármol mojado.
—George —dijo mi padre.
No alzó la voz. No le hacía falta.
Aquella única palabra bastó para que el multimillonario que acababa de llamar «basura» a un hombre delante de quinientas personas se detuviera en seco, como si hubiera tropezado con un muro de hormigón armado.
—Papá —susurré, sintiendo que la realidad se desmoronaba bajo mis pies—. ¿Por qué te conocen? ¿Quiénes son estas personas?
Mi padre se volvió hacia mí. En sus ojos grises no había vanidad ni ese destello de venganza barata que ilumina los rostros de los hombres mediocres cuando el destino les concede una ventaja inesperada. Solo había un cansancio profundo e infinito.
—Blake —dijo, pasándose una mano callosa por la frente para secarse el agua de lluvia—. Te prometí que nunca te mentiría. Y no lo he hecho. Todo lo que te conté sobre el taller mecánico era verdad. Levanté aquel barco con mis propias manos. Reparé todas las calderas, cambié todas las juntas de culata y me destrocé la espalda durante veinticinco años en aquel foso lleno de grasa. Lo que no te conté… fue lo que ocurrió antes de que nacieras. ¿Y por qué abandonamos aquella parte del mundo?
Fiona apareció en el umbral de la puerta, sujetándose el vestido de novia para no pisar el barro que empezaba a acumularse en el rellano. Detrás de ella, Beverly la sujetaba por un brazo, con los labios temblorosos y los diamantes de su collar reflejando las luces intermitentes de los vehículos de escolta.
—¡Blake! —gritó Fiona con una voz aguda que sonaba más a exigencia que a súplica—. ¿Qué es este circo? ¿Has contratado actores para arruinar nuestra recepción? ¡Papá, llama a la policía del club! ¡Que arresten a ese vagabundo y a sus payasos antes de que los fotógrafos de The Boston Globe salgan al aparcamiento!
Arthur dio medio paso hacia un lado, colocándose entre Fiona y mi padre.
—Señorita Martinez —dijo Arthur con una voz monótona, tan fría que parecía salir de un congelador industrial—. Si la policía de este condado recibe una llamada desde esta dirección, no vendrá a despejar la entrada. Vendrá a escoltar a los agentes de la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos, que llevan esperando en la rotonda exterior desde las ocho y cuarto de la noche.
El silencio que siguió a aquella frase fue tan espeso que ni siquiera el trueno que desgarró el cielo sobre nuestras cabezas consiguió disiparlo.
George retrocedió un paso, buscando apoyo en una de las columnas corintias del pórtico.
—Apex… —murmuró el magnate, con la respiración entrecortada—. Apex Trust nunca realiza transacciones en persona. El presidente del consejo es un fideicomiso con sede en Liechtenstein. Llevo seis meses intentando conseguir una audiencia de diez minutos con su representante para renovar las líneas de crédito del puerto de New Bedford…