Mi padre apoyó su mano pesada y callosa sobre mi hombro.

—Vamos, hijo. Tu madre lleva veinte años descansando bajo esa losa. Ha llegado el momento de recordarle a esa víbora lo que ocurre cuando alguien intenta profanar el hogar de un hombre que sabe exactamente cómo romper la piedra.

Subimos por la escalera de caracol y regresamos al taller.

En el exterior, la tormenta rugía con una violencia salvaje, pero el rugido de los motores de los vehículos blindados que arrancaban en el callejón resonaba con más fuerza que el trueno.

Subí al vehículo con mi padre, ocultando el arma bajo mi abrigo empapado.

El convoy se lanzó hacia las colinas de Mount Hope, atravesando la noche con las luces apagadas, en una carrera contrarreloj en la que ya no estaban en juego millones de dólares ni el control de un imperio logístico, sino el último fragmento de honor, memoria y dignidad que una familia de hombres duros estaba dispuesta a defender hasta las últimas consecuencias.

— Fin —