El fiscal Miller asintió solemnemente, poniendo fin a la pesadilla con la frialdad de los hechos jurídicos.

—Eleanor Croft declaró en su testamento que el cincuenta y uno por ciento de las acciones con derecho a voto de Croft Enterprises pasaría a su único descendiente biológico cuando contrajera matrimonio legal o cumpliera treinta años. George Martinez no quería que Blake se casara con Fiona para salvar su naviera, Thomas. George Martinez trabajaba para Julian Croft. Si Fiona se casaba con Blake y Blake moría después en un «accidente de tráfico» de camino a la luna de miel… el control total del mayor conglomerado de infraestructuras y obras públicas de todo el noreste de Estados Unidos pasaría automáticamente a manos de Julian Croft a través de los fideicomisos de Fiona.

Miré el anillo de bodas que había dejado sobre el plato de porcelana del club de campo.

El anillo de platino que Fiona había elegido con tanta insistencia.

Aquello no era una boda.

Era una trampa para ejecutar un asesinato legal.

—Y hay algo más, señor —añadió Arthur, mirando la pantalla táctil de su consola—. El teléfono satelital que está transmitiendo desde la capilla de Mount Hope… no pertenece a los hombres de Croft.

Mi padre levantó la cabeza de repente.

—¿A quién pertenece esa señal, Arthur?

Arthur pulsó un botón de la consola central y activó el altavoz de la sala.

Una voz familiar, pero desprovista de cualquier rastro del acento refinado y dulce que durante dos años me había susurrado promesas de amor, llenó el silencio subterráneo con una risa ronca, triunfal y descontrolada.

—Hola, Blake. Hola, querido suegro.

Fiona.

No estaba llorando bajo la lluvia en el porche del club de campo. No estaba destrozada por el barro ni por la pérdida de su matrimonio. Su voz sonaba nítida, amplificada por un micrófono de alta fidelidad desde un lugar donde la piedra antigua devolvía los ecos.

—¡Fiona! —rugí contra el micrófono de la consola, con las venas del cuello a punto de estallar—. ¿Dónde estás?

—Donde siempre debería haber estado, cariño —respondió ella, mientras el eco de sus tacones resonaba con claridad sobre las losas de granito de una cripta—. Sobre la tumba de tu querida madre. ¿De verdad creíais que mi padre era el cerebro de esta operación? Pobre papá… siempre tan torpe, siempre tan desesperado por mantener las apariencias en el club de golf. Fue facilísimo convencerlo para que montara la escena del brindis y todo el mundo mirara hacia la entrada mientras yo salía de las cocinas en el coche de servicio.

Arthur tecleó a toda velocidad y proyectó en la pantalla principal la transmisión en directo de una cámara de seguridad instalada en el mausoleo de los Henderson, en Mount Hope.

Allí estaba Fiona.

Se había quitado el embarrado vestido de novia y llevaba un mono táctico negro bajo una gabardina de cuero oscuro. En la mano derecha sostenía una palanca de acero templado. A sus pies, la lápida de mármol blanco de mi madre —la tumba que mi padre y yo visitábamos todos los domingos con flores frescas después de trabajar en el taller— había sido desplazada hacia un lado.

Dentro del nicho abierto brillaba una caja de seguridad de aleación de titanio con un teclado biométrico digital.

—Julian Croft me prometió el treinta por ciento de las acciones del consorcio si le entregaba el certificado original de la misión que tu madre escondió aquí antes de ser ingresada en el hospital —dijo Fiona por el altavoz, con una frialdad que me heló la sangre—. Y adivina qué, Blake: basta con la huella dactilar de un descendiente directo de Eleanor Croft para abrir la cerradura biométrica de esta caja.

Fiona miró directamente al objetivo de la cámara oculta con una sonrisa monstruosa.

—Tengo cuatro francotiradores alrededor del cementerio, Thomas. Si no traéis a vuestro hijo aquí en los próximos quince minutos para que coloque el pulgar sobre ese escáner… volaré la tumba de tu esposa con diez kilos de explosivo plástico C-4. No quedará ni el polvo de sus huesos para que vengáis a llorarla los domingos.

El clic de la comunicación al cortarse resonó como una sentencia de muerte en el búnker subterráneo.

Nadie se movió.

El fiscal Miller sacó su radio para llamar a los equipos tácticos de la policía estatal, pero mi padre le puso una mano en el hombro.

—No llames a nadie, Robert —dijo mi padre. Su voz ya no temblaba. Toda la tristeza, todo el dolor por el amor perdido y los años de sacrificio se habían evaporado, dejando al descubierto al hombre que había dominado las turbulentas aguas del puerto y los negocios más feroces del país durante medio siglo—. Si envías sirenas, hará estallar la capilla antes de que lleguen a la puerta.

Mi padre se volvió hacia el fondo de la armería subterránea. Abrió un armario blindado de acero y sacó dos abrigos impermeables oscuros y una caja metálica que contenía dos pistolas automáticas compactas y tres cargadores de gran capacidad.

Me tendió una de las armas.

—Papá —dije, sintiendo el frío del metal azulado contra la palma de mi mano—. Nunca he disparado contra una persona. Soy analista financiero. Reparo coches contigo.

Mi padre me miró a los ojos. En su rostro no había ninguna duda. Solo la determinación implacable de quienes saben que ha llegado el momento decisivo de su existencia.

—Esta noche no eres un analista, Blake. Y tampoco eres el hijo ingenuo de un mecánico al que esas hienas creían poder pisotear para robar la herencia de su madre. Eres un Henderson. Y los Henderson protegemos a los nuestros hasta nuestro último aliento.

Cargó su propia arma con un chasquido seco que resonó en el hormigón.

—Arthur.

—¿Señor?

—Active el protocolo Cero en las cuentas de Julian Croft en Zúrich y Singapur. Quiero que, al amanecer, ni siquiera tenga dinero para pagar a un abogado de oficio en los tribunales de quiebras.

—Ejecutándose en este momento, señor.