Thomas Henderson esbozó una sonrisa suave, la primera sonrisa auténtica que le había visto en toda la noche.
—Para eso estamos los mecánicos, hijo. Para apretar las tuercas sueltas antes de que el motor explote en mitad de la autopista.
Se volvió hacia la ventanilla, observando las luces tenues de la ciudad que empezaban a desfilar a nuestro alrededor.
—Arthur —dijo mi padre por el intercomunicador delantero.
—¿Sí, señor Henderson?
—Desvíe el convoy hacia South Boston. Quiero pasar por el taller antes de ir al aeropuerto.
Arthur vaciló durante una fracción de segundo, algo completamente inusual en él.
—Señor… Los agentes federales y el equipo de liquidación ya están asegurando las oficinas de la empresa. El avión está listo. Los gobernadores de tres estados esperan su llamada en la sala de conferencias de la terminal. ¿Qué necesita comprobar en el taller a estas horas de la noche?
Mi padre bajó la ventanilla unos centímetros, dejando que entrara en el coche el olor a salitre, asfalto mojado y mar embravecido del antiguo puerto.
—He dejado un compresor funcionando en el foso trasero, Arthur —dijo mi padre con calma—. Y un Henderson nunca deja una máquina funcionando sin supervisión. Sobre todo… cuando la tormenta no ha hecho más que empezar.
El coche se deslizó por el viaducto hacia las sombras industriales del puerto, dejando atrás el falso brillo de los diamantes, las risas crueles de quinientos invitados cobardes y el eco de una boda ahogada en su propio veneno antes siquiera de comenzar.
El rugido de los motores del convoy cortaba el murmullo de la lluvia mientras nos adentrábamos en el corazón industrial de South Boston. A través de los cristales tintados del Maybach, los rascacielos iluminados del distrito financiero dieron paso a las imponentes siluetas de almacenes de ladrillo rojo, silos de salitre y esqueletos de hierro de las antiguas grúas portuarias.
Era el paisaje que conocía. Era el mundo en el que había crecido: el olor a diésel, el óxido húmedo y el chirrido de los trenes de mercancías sobre las vías traseras.
Sin embargo, nada dentro de aquel coche pertenecía a ese mundo.
Delante de mí, el terminal financiero integrado en la parte posterior del asiento del copiloto parpadeaba sin cesar. Las alertas rojas se sucedían a una velocidad vertiginosa. El apellido Martinez, que durante dos años había sido sinónimo de una realeza intocable e implacable, estaba siendo desmantelado en tiempo real por los algoritmos de Wall Street y los teletipos judiciales.
CRISIS PORTUARIA: MARTINEZ GLOBAL LOGISTICS EN QUIEBRA TÉCNICA TRAS LA RETIRADA DEL FONDO SUIZO.
REGISTROS SIMULTÁNEOS EN MARBLEHEAD Y BEACON HILL POR PARTE DE LA GUARDIA COSTERA Y LA DIVISIÓN DE DELITOS FINANCIEROS.
LAS ACCIONES DE MGL SUSPENDEN SU COTIZACIÓN DEBIDO AL EMBARGO DE ACTIVOS CRÍTICOS.
Miré de reojo a mi padre.
Thomas Henderson no estaba mirando las pantallas. Tenía la cabeza apoyada contra el reposacabezas de cuero, los ojos entrecerrados y los dedos entrelazados sobre las rodillas. Aquellas manos desgastadas, con cicatrices blanquecinas en los nudillos y restos de grasa que ningún jabón abrasivo podría eliminar por completo, desentonaban con la tapicería impecable de un coche blindado de medio millón de dólares. O quizá no. Quizá aquellas manos habían pagado cada centímetro de aquel lujo silencioso.
—Arthur —dijo de pronto mi padre, sin abrir los ojos.
—Dígame, señor Henderson —respondió el hombre desde el asiento delantero, sin apartar la vista de la carretera inundada.
—¿Está despejado el perímetro del taller?
Arthur consultó un auricular táctico casi invisible en su oído izquierdo y deslizó el pulgar sobre una pequeña consola táctil integrada en el reposabrazos delantero.
—Nuestros equipos de avanzada llegaron hace doce minutos. Han retirado dos furgonetas sin distintivos estacionadas en West Broadway Street. Eran hombres de la división de seguridad privada de Martinez, señor. Intentaron acceder a la oficina administrativa por la claraboya del tejado. Fueron interceptados y desarmados sin incidentes. La policía local ya los tiene detenidos por allanamiento y posesión ilegal de armas.
Un nudo helado se formó en la boca de mi estómago.
—¿Hombres armados en nuestro taller? —pregunté, volviéndome hacia mi padre—. ¿Qué buscaban allí, papá? Si George Martinez ya tenía mi firma en el contrato civil y las cuentas de su empresa de transporte estaban en sus propios servidores… ¿qué querían en un taller mecánico del barrio?
Mi padre abrió lentamente los ojos. Durante un segundo, el resplandor grisáceo de sus pupilas reflejó la luz azulada de las pantallas.
—Buscaban lo único que George Martinez temía más que la quiebra, Blake: la prueba de que nunca había sido el dueño de nada. Creía que guardaba los libros originales de la concesión portuaria de 1994 en la caja fuerte de la oficina. Los documentos demuestran que su padre nunca compró los terrenos de los muelles cuatro y siete, sino que los administraba mediante un arrendamiento condicional concedido por tu abuelo.
El coche redujo la velocidad y giró por un callejón estrecho flanqueado por edificios de chapa ondulada.
Al fondo, iluminado por una solitaria farola de vapor de sodio que proyectaba una luz amarillenta y sucia sobre los charcos, se alzaba el letrero descolorido que había marcado toda mi vida:
HENDERSON MOTORS — MECÁNICA GENERAL Y FRENOS.
Allí estaba. La misma puerta verde oscuro, con la pintura levantada por los inviernos de Nueva Inglaterra. La misma persiana metálica cerrada con dos candados de alta seguridad que yo había puesto la noche anterior, antes de enfundarme el esmoquin alquilado que ahora me parecía un disfraz ridículo.
Pero aquella noche el callejón no estaba desierto.
Tres camionetas negras idénticas a las del convoy formaban un cordón de seguridad alrededor de la entrada. Cuatro hombres con chalecos antibalas discretos y paraguas tácticos vigilaban cada esquina del tejado y de la calle secundaria, con una disciplina que poco tenía que ver con la de los guardias de seguridad privados de los clubes de campo.
El Maybach se detuvo suavemente junto a la puerta peatonal.
Arthur bajó primero, abrió el paraguas y sostuvo la puerta para mi padre.