La millonaria me agarró del cabello frente a doscientos invitados y me acusó de robar un cuadro valorado en cinco millones de dólares. Los guardias me rodearon y comenzaron a revisar mis pertenencias mientras ella exigía que llamaran a la policía. Pero cuando saqué un viejo cuaderno de dibujos, su expresión cambió por completo. Yo no había robado aquella pintura. La había creado años atrás, y estaba a punto de descubrir quién me había arrebatado mi identidad como artista.Me llamo Valeria Cruz, tengo veintisiete años y desde hace seis meses duermo en un refugio para personas sin hogar en Ciudad de México.

Aquella noche había conseguido un trabajo temporal como ayudante de limpieza durante una exclusiva exposición de arte en un hotel de cinco estrellas en Polanco.

Entre los invitados estaba Patricia Montejo, una empresaria millonaria que presumía de poseer una de las colecciones privadas más importantes de México.

La pieza principal de la exposición era una pintura titulada «El último abrazo», valorada en cinco millones de dólares.

Cuando vi aquella obra, sentí que las piernas me temblaban.

Reconocí cada pincelada.

La había pintado yo misma nueve años atrás, cuando estudiaba Bellas Artes, poco antes de perder a mi familia y abandonar la universidad.

Sin embargo, debajo del cuadro aparecía el nombre de otra artista.

Patricia Montejo.

Estaba intentando comprender lo que veía cuando una alarma interrumpió la exposición.

Alguien había retirado el cuadro de su lugar.

Patricia apareció acompañada de dos guardias y me señaló inmediatamente.

—¡Fue esta vagabunda! ¡La vi acercarse a mi pintura!

Antes de que pudiera defenderme, me sujetó del cabello y ordenó que revisaran mi mochila.

 

Uno de los guardias encontró ropa vieja, una botella de agua y un cuaderno de dibujo deteriorado.

Patricia soltó una carcajada.

—¡Miren nada más! ¡Hasta pretende hacerse pasar por artista!

Me arrebató el cuaderno.

Pero cuando abrió la primera página, dejó de sonreír.

Allí aparecía el boceto original de «El último abrazo».

Debajo estaban mi nombre, mi firma y la fecha en que había comenzado a trabajar en aquella pintura.

Un famoso coleccionista que presenciaba la escena se acercó inmediatamente.

Examinó los dibujos y descubrió que contenían modificaciones, anotaciones y estudios preliminares que jamás habían aparecido públicamente.

—Señora Montejo, ¿cómo explica esto?

Patricia intentó recuperar el cuaderno.

—¡Son falsificaciones!

Pero yo señalé la cámara instalada sobre la entrada de la galería.

—Entonces revisemos quién retiró realmente el cuadro.

El gerente del hotel autorizó que el personal de seguridad examinara las grabaciones.

 

Las imágenes mostraron algo inesperado.

Horas antes de que comenzara la exposición, Patricia había entrado acompañada de un empleado y había ordenado retirar la pintura original.

En su lugar colocaron otra obra prácticamente idéntica.

Después apareció una segunda grabación donde Patricia entregaba instrucciones al jefe de seguridad para que me acusaran si alguien preguntaba por el cuadro desaparecido.

El coleccionista exigió una explicación.

Patricia estaba completamente pálida.

Pero entonces ocurrió algo todavía más extraño.

Uno de los organizadores revisó los documentos de procedencia de la pintura y descubrió que había sido vendida mediante una autorización firmada supuestamente por mí.

El problema era que aquella venta se había realizado cuando yo tenía apenas dieciocho años y todavía conservaba la obra en mi habitación.

El hombre examinó el documento.

Después me preguntó si conocía al intermediario que había firmado el contrato.

Cuando escuché su nombre, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Era la persona a quien había confiado todas mis pinturas antes de quedarme sin hogar.

Y acababa de entrar al salón acompañada de Patricia.

¿Qué pasó después… ? Parte 2:…..

Parte 2:

 

La mujer que acababa de entrar al salón era Isabel Robles, mi antigua profesora de Bellas Artes. Durante años la consideré mi segunda madre. Había sido ella quien me abrió las puertas de su casa cuando murió mi padre y quien prometió guardar mis pinturas mientras yo intentaba reconstruir mi vida.

Ahora caminaba del brazo de Patricia Montejo.

Cuando nuestras miradas se encontraron, Isabel se detuvo en seco.

—Valeria… —susurró.

Patricia se volvió hacia ella.

—¿Conoces a esta muchacha?

Isabel tardó demasiado en responder.

—Fue alumna mía hace muchos años.

Sentí una rabia que llevaba nueve años acumulándose sin saber exactamente contra quién dirigirla.

—Diles qué pasó con mis pinturas, Isabel.

El coleccionista, que se llamaba Alejandro Fuentes, colocó mi cuaderno sobre una mesa y pidió que nadie abandonara la sala hasta que llegaran las autoridades.

Patricia comenzó a protestar, pero el gerente del hotel le recordó que las cámaras acababan de mostrar cómo había ordenado sustituir el cuadro.

—Usted tiene mucho que explicar, señora Montejo.

Isabel intentó acercarse a mí.

—Valeria, por favor, podemos hablar en privado.

Retrocedí.

 

—La última vez que hablamos en privado me dijiste que todas mis pinturas habían sido destruidas en un incendio.

Su expresión cambió.

Alejandro levantó inmediatamente la cabeza.

—¿Qué incendio?

Le expliqué que, cuando tenía dieciocho años, mi padre falleció inesperadamente y mi madre enfermó poco después. Tuve que abandonar temporalmente mis estudios y trabajar para pagar nuestros gastos.

Isabel se ofreció a guardar mis cuadros en un pequeño almacén que utilizaba para conservar materiales artísticos.

Meses después me llamó llorando.

Aseguró que el edificio había sufrido un incendio y que todas mis obras habían desaparecido.

Nunca me mostró fotografías del lugar ni documentos relacionados con el incidente.

Yo estaba demasiado ocupada acompañando a mi madre durante sus últimos meses de vida como para investigar.

Después perdimos el contacto.

Hasta aquella noche.

Alejandro solicitó que ampliaran el contrato de compraventa.

 

La firma que aparecía junto a mi nombre era sorprendentemente parecida a la mía.

Sin embargo, había algo extraño.

La autorización estaba fechada el 14 de noviembre.

Recordaba perfectamente aquella fecha.

Mi madre había sido hospitalizada de urgencia y yo permanecí junto a ella durante prácticamente todo el día.

Además, tenía una prueba que nunca imaginé necesitar.

En mi cuaderno conservaba una carta escrita por mi madre aquella misma noche. Había utilizado una página vacía para dejarme unas palabras de ánimo mientras esperábamos los resultados médicos.

La tinta había atravesado parcialmente el papel.

En la página anterior aparecía uno de los últimos bocetos de «El último abrazo».

Alejandro examinó ambas hojas.

—Este cuaderno podría ser una prueba importante. Necesitamos que un especialista lo revise.

Patricia soltó una carcajada nerviosa.

—¡Es absurdo! ¡Esa mujer lleva años viviendo en la calle! ¡Puede haber inventado cualquier cosa!

 

La miré directamente.

—Entonces dime por qué tu supuesta obra contiene una pequeña figura escondida debajo de la pintura.

Patricia frunció el ceño.

—¿Qué figura?

Sonreí por primera vez aquella noche.

—Precisamente.

Alejandro se acercó.