Me explicó que había vivido durante muchos años en Canadá y que perdió contacto con mi padre después de una discusión familiar.

Cuando supo que había fallecido, intentó localizarme.

 

Sin embargo, las personas que administraban determinados asuntos patrimoniales le aseguraron que yo había vendido la propiedad y abandonado el país.

Durante años creyó aquella versión.

Pero seis meses antes recibió información sobre una pintura que pertenecía a nuestra familia.

Era «El último abrazo».

La había reconocido porque mi padre le envió una fotografía de la obra poco antes de morir.

En su mensaje le explicó que estaba orgulloso de mí y que esperaba organizar una pequeña exposición cuando terminara mis estudios.

Gabriel comenzó entonces a investigar.

Descubrió que varias pinturas atribuidas a Patricia Montejo aparecían en fotografías antiguas de mi habitación.

Cuando solicitó información sobre su procedencia, encontró autorizaciones que supuestamente llevaban mi firma.

Aquello despertó sus sospechas.

Finalmente consiguió localizar a Teresa, una antigua amiga de mi madre que conservaba algunas fotografías y cartas familiares.

Juntos comenzaron a reunir información.

Pero cuando intentaron encontrarme, descubrieron que había perdido mi vivienda y abandonado prácticamente todos mis contactos anteriores.

 

Yo sentí una tristeza profunda.

Durante aquellos años había pasado por innumerables dificultades.

Después de la muerte de mi madre intenté continuar estudiando, pero las deudas comenzaron a acumularse.

Trabajé como mesera, asistente administrativa y empleada temporal en diferentes negocios.

Finalmente perdí mi habitación porque no conseguí pagar el alquiler.

Terminé refugiándome en un albergue.

Y mientras tanto, otras personas habían utilizado mis pinturas para construir una fortuna.

Gabriel se acercó lentamente.

—Nunca dejamos de buscarte, Valeria.

Comencé a llorar.

No sabía si creerle completamente.

Pero la fotografía que llevaba consigo era auténtica.

Reconocí las flores que mi madre había plantado frente a nuestra antigua casa y el pequeño perro que aparecía junto a mi padre.

 

Nadie ajeno a nuestra familia podía conocer aquellos detalles.

Mientras conversábamos, uno de los agentes recibió información sobre el cuadro desaparecido.

Habían localizado el vehículo utilizado para retirarlo del hotel.

Estaba estacionado junto a una pequeña bodega propiedad de una empresa vinculada con Patricia.

Las autoridades realizaron las diligencias correspondientes y consiguieron recuperar la pintura original.

También encontraron varios documentos relacionados con las operaciones que Isabel y Patricia habían realizado durante los años anteriores.

La obra fue preservada para que pudiera ser examinada por especialistas.

Aquella misma semana comenzaron los procedimientos para verificar su autenticidad y determinar su verdadera procedencia.

El análisis de mi cuaderno resultó fundamental.

Los especialistas examinaron los estudios preliminares, las anotaciones originales y diferentes características técnicas de la pintura.

También revisaron fotografías antiguas donde aparecía trabajando sobre el lienzo durante mis años universitarios.

Pero la prueba que terminó de convencer a todos apareció cuando examinaron las capas inferiores.

Debajo de una de las manos encontraron la pequeña mariposa que había dibujado para mi madre.

Cuando me mostraron las imágenes, comencé a llorar.

Durante años creí que había perdido aquella pintura para siempre.

Ahora finalmente estaba recuperando una parte de mi historia.

 

Mientras tanto, las investigaciones relacionadas con Patricia e Isabel continuaron.

Los documentos recuperados permitieron identificar diversas operaciones realizadas mediante autorizaciones cuestionadas.

También se examinaron las ventas de otras obras que habían sido atribuidas a Patricia durante los años anteriores.

Varios coleccionistas comenzaron a presentar reclamaciones después de descubrir irregularidades relacionadas con la procedencia de sus adquisiciones.

Gabriel me ayudó a encontrar asesoría jurídica independiente.

No quería que volviera a firmar documentos sin comprender completamente sus consecuencias.

Durante los meses siguientes, especialistas revisaron las operaciones relacionadas con la antigua propiedad de mis padres.

Finalmente consiguieron establecer que existían irregularidades suficientes para impugnar determinadas transferencias y reclamar los derechos que me correspondían.

El proceso fue complicado.

Tuve que proporcionar declaraciones, recuperar documentación antigua y participar en diferentes reuniones.

Pero por primera vez en muchos años sentía que estaba avanzando.

Gabriel permaneció a mi lado durante gran parte de aquel proceso.

También me ayudó a encontrar un pequeño departamento donde pudiera vivir mientras reorganizaba mi situación.

 

Al principio me negué.

No quería sentir que nuevamente dependía completamente de otra persona.

Sin embargo, me explicó que podía considerar aquella ayuda como parte de los recursos que mi familia había intentado conservar para mí.

Acepté.

Una tarde regresé al refugio donde había vivido durante los últimos seis meses.

Llevé mis pertenencias y me despedí de varias personas que me habían ayudado cuando no tenía absolutamente nada.

Entre ellas estaba Rosa, una mujer que trabajaba voluntariamente organizando actividades para los residentes.

Había sido la primera persona que me ofreció materiales para dibujar después de que llegué.

Cuando le conté que había recuperado algunas de mis pinturas, comenzó a llorar.

—Siempre supe que tenías talento, hija.

La abracé.

Le prometí que regresaría.

No quería olvidar a las personas que me ayudaron cuando mi vida parecía completamente destruida.

 

Durante los meses siguientes, comencé a trabajar nuevamente en mis pinturas.

Al principio me resultaba difícil.

Había pasado demasiado tiempo relacionando el arte con todo lo que había perdido.

Cada vez que intentaba comenzar un nuevo lienzo, recordaba a Isabel y a Patricia.

Pero Gabriel me animó a visitar antiguos lugares donde solía pintar cuando todavía estudiaba.

También conseguí contactar con algunos profesores que recordaban mis trabajos universitarios.

Uno de ellos me ofreció utilizar temporalmente un pequeño estudio.

Acepté.

Comencé pintando objetos sencillos.

Después realicé algunos retratos.

Finalmente decidí regresar a la obra que había marcado mi vida.

«El último abrazo».

 

Sin embargo, no quería reproducir exactamente aquella pintura.

Necesitaba crear algo diferente.

Comencé entonces una nueva obra.

Representaba a una mujer sentada frente a una ventana, observando cómo una mariposa entraba lentamente en la habitación.

La titulé «El primer regreso».

Trabajé durante varios meses.

Cada pincelada me recordaba que todavía tenía la posibilidad de construir una vida diferente.

Mientras tanto, las investigaciones sobre las obras atribuidas a Patricia continuaron.

Los procedimientos correspondientes permitieron recuperar otras pinturas y esclarecer diferentes operaciones relacionadas con sus ventas.