Le expliqué que, cuando terminé «El último abrazo», cometí un error en una de las manos de los personajes. En lugar de comenzar nuevamente, cubrí aquella parte con varias capas de pintura.

Debajo había dibujado una pequeña mariposa.

Era un símbolo que mi madre utilizaba para firmar las cartas que me enviaba cuando estaba en la universidad.

Nunca se lo conté a nadie.

Si examinaban la pintura original mediante las técnicas adecuadas, probablemente podrían encontrarla.

 

Isabel comenzó a temblar.

Patricia la miró inmediatamente.

—¡Me aseguraste que no existía ninguna manera de demostrarlo!

El salón quedó completamente en silencio.

Alejandro se volvió hacia ella.

—¿Qué acaba de decir?

Patricia comprendió que había hablado demasiado.

Intentó explicar que se refería a posibles falsificaciones.

Pero Isabel comenzó a llorar.

—Ya basta, Patricia. No pienso seguir mintiendo.

La millonaria intentó sujetarla del brazo.

Isabel se apartó.

Después me miró.

 

—Valeria, fui yo quien vendió tus pinturas.

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.

Mi antigua profesora confesó que Patricia visitó su estudio poco después de que yo le confiara mis obras.

Cuando descubrió «El último abrazo», quedó fascinada.

Le ofreció una cantidad considerable de dinero.

Al principio Isabel se negó.

Pero después de enterarse de que mi familia atravesaba dificultades económicas, decidió aprovecharse de nuestra situación.

—Pensé que nunca regresarías a estudiar —murmuró.

Aquellas palabras me dolieron más que cualquier insulto de Patricia.

—¿Por eso decidiste quitarme todo?

Isabel comenzó a llorar con mayor intensidad.

Reconoció que vendió varias de mis pinturas y utilizó documentos falsificados para presentar las operaciones como si yo hubiera autorizado la transferencia.

Patricia posteriormente comenzó a exhibir algunas obras atribuyéndose su creación.

Con el tiempo, su reputación como artista creció y el valor comercial de aquellas pinturas aumentó considerablemente.

Pero todavía faltaba explicar qué había ocurrido con el cuadro original.

El gerente recibió entonces una llamada del personal de seguridad.

 

Habían localizado al empleado que ayudó a Patricia a retirarlo.

El hombre confesó que recibió instrucciones para trasladar la pintura a una habitación privada del hotel.

Sin embargo, cuando los agentes acudieron, descubrieron que alguien había retirado nuevamente la obra.

La habitación estaba vacía.

Patricia comenzó a mirar desesperadamente su teléfono.

Alejandro le preguntó dónde se encontraba el cuadro.

Ella no respondió.

Entonces Isabel pronunció algo que nos dejó inmóviles.

—Patricia no quiere vender esa pintura. Quiere destruirla.

Me volví hacia ella.

—¿Por qué?

Mi antigua profesora bajó la cabeza.

Explicó que, durante los años anteriores, Patricia había organizado exposiciones internacionales utilizando varias de mis pinturas.

 

Pero recientemente apareció un investigador que comenzó a cuestionar la procedencia de algunas obras.

Si descubría que «El último abrazo» había sido vendido mediante documentación falsificada, podía comenzar a revisar el resto de su colección.

Patricia decidió entonces organizar aquella exposición para sustituir el original por una copia y hacerlo desaparecer.

Después pretendía presentar una denuncia asegurando que alguien lo había robado.

Yo había aparecido inesperadamente como empleada temporal.

Y Patricia decidió utilizarme como responsable del supuesto robo.

Sentí que estaba a punto de vomitar.

Pero Alejandro todavía tenía una pregunta.

—¿Quién es el investigador que descubrió las irregularidades?

Isabel miró hacia la entrada del salón.

Un hombre de aproximadamente sesenta años acababa de llegar acompañado por dos agentes.

Llevaba una carpeta de documentos y una pequeña fotografía.

Cuando me vio, se quedó inmóvil.

 

Después se acercó lentamente.

—¿Valeria Cruz?

Asentí.

El hombre comenzó a llorar.

—Llevo casi nueve años intentando encontrarte.

Me mostró la fotografía.

Aparecía mi madre sentada junto a mi padre frente a nuestra antigua casa.

En el reverso había una dedicatoria dirigida a mí.

Reconocí inmediatamente la letra de mi madre.

—¿Quién es usted?

El hombre respiró profundamente.

—Me llamo Gabriel Cruz. Soy hermano de tu padre.

Sentí que el corazón comenzaba a golpearme contra el pecho.

 

Mi padre siempre aseguró que era hijo único.

Gabriel abrió la carpeta.

Dentro había fotografías de otras seis pinturas que yo creía destruidas.

Todas habían sido vendidas durante los últimos años.

Pero la última página contenía algo todavía más extraño.

Era una copia de un documento relacionado con la herencia de mi padre.

Mi nombre aparecía como beneficiaria de una propiedad valorada en varios millones de pesos.

Y debajo figuraba una autorización para transferirla a una empresa administrada por Isabel.

Gabriel levantó la mirada.

—Valeria, tu profesora no solamente te robó tus pinturas.

Hizo una pausa.

—La noche en que tu madre murió, alguien utilizó tu identidad para quedarse con toda la herencia que tus padres te habían dejado.

¿Qué pasó después…?

 

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Parte 3:

Durante varios segundos observé los documentos sin comprender completamente lo que estaba leyendo.

Había pasado los últimos seis meses durmiendo en un refugio, trabajando donde conseguía oportunidades y preguntándome cómo había terminado perdiéndolo prácticamente todo.

Ahora tenía delante una carpeta que indicaba que mis padres me habían dejado una propiedad valorada en millones de pesos.

Y la mujer que consideré mi segunda madre había utilizado mi nombre para apropiarse de ella.

Me volví hacia Isabel.

—¿También me robaste la casa de mis padres?

Mi antigua profesora comenzó a llorar.

—Valeria, necesito explicarte…

—¡No! ¡Quiero que me contestes!

Isabel reconoció que, después del fallecimiento de mi madre, descubrió que yo había heredado una antigua propiedad familiar.

La vivienda pertenecía originalmente a mis abuelos paternos y estaba ubicada en una zona de Ciudad de México que posteriormente experimentó un importante desarrollo inmobiliario.

Mi padre nunca me habló demasiado de aquella propiedad.

 

Yo crecí creyendo que nuestra familia solamente tenía la pequeña casa donde vivíamos.

Isabel se aprovechó de mi desconocimiento.

Me presentó varios documentos asegurando que necesitaba firmarlos para recuperar algunas pertenencias de mi madre.

Confié en ella.

No los leí cuidadosamente.

Entre aquellos papeles había autorizaciones que posteriormente fueron utilizadas para realizar operaciones relacionadas con la propiedad.

Gabriel intervino.

—Los documentos que acabas de ver presentan irregularidades importantes. Estamos intentando determinar exactamente cómo se realizaron las transferencias.