También se revisaron las responsabilidades de Isabel y de las personas que habían colaborado en las transacciones.
La recuperación de la propiedad familiar avanzó mediante los procedimientos legales correspondientes.
Aunque no todos los asuntos quedaron resueltos inmediatamente, finalmente conseguí recuperar una parte importante de los bienes que mis padres me habían dejado.
Decidí utilizar aquellos recursos con cuidado.
No quería que la repentina recuperación de mi patrimonio modificara completamente mi manera de vivir.
Comencé por terminar los estudios que había abandonado años atrás.
Regresé a la universidad y retomé algunas materias pendientes.
Al principio me sentía extraña compartiendo clases con estudiantes considerablemente más jóvenes.
Pero poco a poco descubrí que todavía disfrutaba enormemente aprender.
También comencé a organizar pequeños talleres gratuitos en el refugio donde había vivido.
Quería ofrecer a otras personas la oportunidad de utilizar la pintura y el dibujo como una forma de expresión.
Rosa me ayudó a conseguir materiales.
La primera sesión fue un desastre.
Algunas personas llegaron tarde, otras abandonaron el salón y terminé derramando accidentalmente un recipiente de pintura sobre el suelo.
Pero todos comenzamos a reírnos.
Aquella tarde recordé por qué había decidido estudiar Bellas Artes.
No era solamente porque soñara con vender cuadros.
Me gustaba crear imágenes capaces de expresar cosas que a veces resultaban imposibles de explicar mediante palabras.
Un año después del incidente del hotel, Gabriel me propuso organizar una pequeña exposición.
Al principio me negué.
No quería regresar a un ambiente donde las personas valoraran mis pinturas únicamente por su precio.
Pero me explicó que podía decidir personalmente cómo presentar mi trabajo y qué significado quería darle a la exposición.
Finalmente acepté.
Elegimos una pequeña galería independiente en Ciudad de México.
Invité a varios profesores, compañeros de universidad y personas que había conocido durante los meses anteriores.
También asistieron Rosa y algunos residentes del refugio.
Gabriel permaneció junto a mí mientras recibíamos a los invitados.
La exposición incluía varias pinturas nuevas.
Pero decidí colocar «El último abrazo» en una sala especial, después de que concluyeran las verificaciones y se establecieran las condiciones necesarias para exhibirla.
Junto a la obra coloqué mi viejo cuaderno.
El mismo que Patricia había utilizado para burlarse de mí delante de doscientos invitados.
Las páginas estaban deterioradas.
Algunas tenían manchas de café y otras conservaban pequeñas anotaciones que había realizado durante mis años universitarios.
Pero para mí era uno de los objetos más importantes de aquella exposición.
Cuando los invitados comenzaron a recorrer la galería, observé a Gabriel frente a una fotografía de mis padres.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
Me acerqué.
—¿En qué estás pensando?
Sonrió.
—En lo orgulloso que estaría tu papá.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
Recordé las noches en que mi padre permanecía despierto mientras yo terminaba mis dibujos.
También recordé cómo mi madre guardaba cuidadosamente cada boceto, incluso aquellos que yo consideraba completamente horribles.
Habían sido mis primeros admiradores.
Y durante los años más difíciles de mi vida, había llegado a creer que todos aquellos recuerdos habían desaparecido junto con ellos.
Ahora finalmente estaba recuperándolos.
Al terminar la exposición, Rosa me entregó una pequeña carta.
La habían escrito varias personas del refugio.
Me agradecían por regresar a organizar los talleres y me deseaban éxito en mi nueva etapa.
La leí lentamente.
Después la coloqué dentro de mi viejo cuaderno, junto a la última carta que conservaba de mi madre.
Aquella noche, cuando todos los invitados se marcharon, permanecí sola frente a «El último abrazo».
Durante nueve años aquella pintura había estado relacionada con una pérdida que nunca conseguí superar.
Pero finalmente había descubierto que mi talento, mi identidad y mi historia nunca habían pertenecido a Patricia Montejo.
Habían sido míos desde el principio.
Y mientras apagaba las luces de la galería, comprendí que ninguna fortuna podía devolverme los años que había perdido.
Pero todavía tenía algo mucho más importante.
La oportunidad de volver a pintar mi propia vida.