Graham frunció el ceño, visiblemente incómodo.
—Tiene catorce años, Trent. Y es cinturón blanco. No voy a dejar que…
—Si tiene miedo, que se disculpe y pida perdón por faltarme al respeto delante de la clase —dijo Trent, dando un paso más, acorralando prácticamente a Holland contra la pared de espejos entrelazados—. Que diga alto y claro que no sabe nada. Que es solo una mocosa entrometida. Y se puede ir a su casa.
Holland miró el reflejo de ambos en la pared de espejos.
Allí estaba él: grande, pesado, con un gi negro brillante y un cinturón que simbolizaba años de pagos mensuales en un gimnasio de centro comercial. Y allí estaba ella: pequeña, pálida, pareciendo una niña abandonada con ropa tres tallas más grande.
Sintió el fantasma de las palabras de su madre resonando en sus oídos: “¡Ve a buscar un gimnasio. Golpea algo! ¡Deja de pasear de un lado a otro!”
Holland volvió la vista hacia Trent.
—No tengo miedo —dijo ella.
—¿Qué has dicho? —preguntó Trent, inclinándose levemente.
—Dije que no tengo miedo. Y no me voy a disculpar por decir la verdad.
Un murmullo recorrió a los demás estudiantes. Los cinturones azules se miraron entre sí, incrédulos.
Trent sonrió, pero era una sonrisa fea, llena de dientes y malicia.
—Entonces ponte el casco, “campeona”. Vamos a hacer un asalto de dos minutos. Lona abierta. Reglas de combate libre.
—Sin casco —dijo Holland.
El silencio volvió a caer sobre la sala, más pesado que antes.
—¿Qué? —preguntó Graham, deteniéndose en seco.
—Dije que sin casco. El casco nubla la visión periférica y crea una falsa sensación de seguridad —explicó Holland con total frialdad—. Además, en mi antiguo dojo no usábamos casco.
Trent soltó una carcajada estridente.
—Acepto. Sin casco. Graham, pon el temporizador. Dos minutos. Si llora, el tiempo se detiene.
Graham miró a Holland durante tres largos segundos. Vio algo en la postura de la chica que de repente le provocó un escalofrío en la nuca. No era la arrogancia de Trent; era algo mucho más antiguo y peligroso. Era la calma absoluta de quien ha sobrevivido a batallas de verdad. Sin embargo, su pereza y el deseo de no quedar mal ante Trent vencieron a su prudencia.
—Dos minutos —dijo Graham, caminando hacia la pared para presionar el temporizador digital—. Nada de golpes a la traquea. Nada de codos a la cara. Contacto controlado al rostro, contacto pleno al cuerpo. ¿Entendido?
—Entendido —dijo Trent, caminando hacia el centro del tatami y poniéndose unos guantes de combate ligeros de cuatro onzas.
Holland no se puso guantes. Tampoco se puso bucal. Simplemente se quitó los calcetines, dejando al descubierto unos pies pálidos, llenos de pequeñas cicatrices en los empeines y los tobillos, marcas indelebles de miles de bloqueos de espinilla contra espinilla en los campeonatos de Kyokushin.
Se paró sobre la espuma azul descarada.
Trent comenzó a saltar sobre sus pies, haciendo sonar sus guantes uno contra otro con chasquidos secos.
—Te voy a enseñar cuál es la diferencia entre jugar a las artes marciales y ser un cinturón negro de verdad, mocosa —susurró Trent mientras se ajustaba la postura.
Holland se ató de nuevo el cinturón blanco. Lo hizo despacio, apretando el nudo en el centro de su vientre. Luego, flexionó levemente las rodillas.
En ese instante, su postura cambió por completo.
Ya no era la chica encorvada que intentaba esconderse en la sombra de los sacos. Su columna se alineó como una vara de acero. Sus hombros bajaron, relajados pero cargados de tensión elástica. Su mentón cayó justo dos centímetros, protegiendo su yugularDetrás del lienzo holgado del gi de préstamo, el ángulo de sus caderas reveló una estructura inquebrantable.
Trent, absorbido por su propio espectáculo, no lo notó. Pero Graham, desde el cronómetro, se quedó helado. La forma en que Holland pisaba el tatami —sin peso extra, afianzándose como un árbol con raíces profundas— no era de una principiante.
BZZZZZZ.
El zumbador del temporizador sonó, retumbando en todo el gimnasio.
CAPÍTULO 3: LA LLUVIA DE ACERO
Trent no esperó. Quería liquidar la humillación en los primeros cinco segundos.
Avanzó con un paso pesado, acortando la distancia con una explosión de potencia ruidosa. —¡Hah!— gritó, lanzando un jab de izquierda directo al rostro de Holland, seguido inmediatamente de un directo de derecha a la boca del estómago.
Era una combinación pesada, pensada para derribar a cualquiera por volumen de masa.
Holland no retrocedió.
Dio un giro leve de cadera. El jab de Trent le pasó a un milímetro de la mejilla, cortando únicamente el aire. Al mismo tiempo, Holland metió su palma izquierda limpia contra el muñeco del brazo derecho de Trent, desviando el golpe directo hacia abajo.
El puño de Trent golpeó la nada, y su propio impulso lo llevó a quedar cara a cara con Holland, a menos de diez centímetros de distancia.
Por una fracción de segundo, sus ojos se cruzaron.
En los ojos de Holland no había rabia. Había un cálculo matemático implacable.
—Ganchos débiles, base inestable, guardia abierta por la derecha— analizó la mente de Holland en microsegundos.
Antes de que Trent pudiera reaccionar o cerrar la distancia con un agarre, Holland dio un paso lateral hacia la izquierda y lanzó su primera técnica.
No fue un golpe espectacular de película. Fue un low kick interno de Kyokushin clásico. Un hachazo con la espinilla desnuda directo al músculo vasto medial de la pierna de apoyo de Trent.
¡CRACK!
El sonido pareció el chasquido de una rama seca al romperse.
La espinilla de Holland, curtida por años de golpear postes de makiwara y sacos de lona dura, impactó con precisión de cirujano sobre el nervio femoral de Trent.
El cuerpo de Trent reaccionó instintivamente antes que su cerebro. Su pierna izquierda falló por completo; el músculo se le contrajo en un espasmo involuntario y su rodilla cedió hacia adentro. Dejó escapar un gruñido ahogado de dolor y sorpresa.